Sumisión… o Whiplash

Ruth Taiano analiza a partir de dos expresiones artísticas, una literaria y otra cinematográfica, las opciones de las subjetividades ante el poder y las relaciona con su experiencia en el Centro de Salud Mental Nº 3 Dr. A. Ameghino. ¿Sumisión o resistencia en las instituciones de salud mental?

Por Ruth Taiano para Página/12

El último libro de Michel Houellebecq lleva por nombre Sumisión. Una ficción provocadora que da lugar a lecturas controvertidas.

Dejo de lado la hipótesis geopolítica que Houellebecq plantea, que no está dentro de mis posibilidades analizar, para ir al planteo de la subjetividad en juego.

En un momento uno de los personajes plantea:

“Es la sumisión. La idea asombrosa y simple de que la cumbre de la felicidad humana reside en la sumisión más absoluta. El placer más grande que existe para los seres humanos es la sumisión, la sumisión de la mujer al hombre y también, como sucede en el islam, la total sumisión del hombre a Dios”.

¿La cumbre de la felicidad humana reside en la sumisión más absoluta? Y si así fuera, ¿de qué tipo de felicidad se trataría?

Dice el diccionario: “Sumisión: Acción de someterse, sin cuestionarlos, a la autoridad o la voluntad de otra persona o a lo que las circunstancias imponen”.

Someterse sin cuestionar… ¿y de ese modo alcanzar la felicidad?

La idea de la sumisión como un Ideal es el trasfondo que le permite a Houellebecq desarrollar su relato sociopolítico. Una ficción en una época futura, no muy lejana. Francia, a las puertas de las elecciones presidenciales del año 2022, está sufriendo una radical transformación social y política. Un partido de reciente constitución, la Hermandad Musulmana, liderada por un político joven hábil y carismático llamado Mohammed Ben Abbes, logra situarse en segundo lugar en la primera vuelta. Y derrota, en la segunda vuelta, a la candidata del Frente Nacional (Marie Le Pen). Contó para ello con el apoyo de los socialistas y de la derecha.

La llegada del nuevo gobierno altera la vida cotidiana de los franceses. Los musulmanes tienen una objetivo principal que es la educación y el establecimiento de sus valores religiosos. Apuestan por el patriarcado, sostienen que el lugar de la mujer está en el hogar cuidando a los hijos, instituyen la poligamia y exigen que todos los docentes se conviertan al islam. O sea, sumisión.

La Sorbona pasa a ser ¡una universidad islámica! En la que los profesores se ven obligados a convertirse o a retirarse. Las estudiantes por su parte, comienzan a usar velo. Las mujeres han cambiado las faldas cortas por conjuntos de blusas largas y pantalones, asegurándose que el cuerpo quede tapado. Ben Abbes quiere reconstruir el Imperio Romano, aunque en esta ocasión de forma pacífica y bajo el signo de la media luna. El fenómeno se extiende por toda Europa.

François el protagonista, profesor universitario, intenta en un principio alejarse de todo eso, reforzando sus creencias católicas, pero se ve en un momento enfrentado a decidir entre quedarse fuera de todo o abrazar la religión musulmana.

Otro de los personajes, Rediger, convertido a la religión musulmana desde mucho antes que éstos ganaran las elecciones, será rector de la Sorbona y luego ministro de gobierno. Sus argumentos resultan cada vez más persuasivos y convincentes. El es quien plantea el ideal de la sumisión como ruta hacia la felicidad. ¿Por qué esto resulta tentador para el protagonista de la novela? En François, resuenan algunas cosas que de alguna manera son comunes a todos por estructura: hay una nostalgia por el “orden perdido”, que en su caso es la religión medieval y la sociedad patriarcal.

En un reportaje a un medio francés, Houellebecq dice que la construcción de este libro es bastante simple: puso en escena a este personaje y progresivamente le fue quitando todo. Empieza por lo más grave, le quitó el amor. Su novia, Myriam, una veinteañera de ascendencia judía, se traslada a Israel con su familia “Yo no tengo ningún Israel”, le asegura François ante su imposibilidad de abandonar París. Le quita a sus padres, ya que han muerto. Después, en una escena en una iglesia, le quita la posibilidad de creer en Dios. Además ha perdido su trabajo (como no es musulmán, no van a quererle en la Sorbona) Y para terminar le quita su relación con Huysmans, el autor sobre el cual hizo su tesis. Porque dice Houellebecq que escribir de manera profunda acerca de un escritor significa, en la práctica, privarse de releerlo. Entonces, afirma: “Pasado cierto punto, no puedes más. Así que a este pobre personaje yo le quito todo, hasta que sólo le queda convertirse. Se lo arrebato todo y entonces aparece un tipo que está dispuesto a devolvérselo a cambio de que renuncie a su libertad de conciencia”.

La propuesta, asegura, “es tentadora”. ¿Es tentadora o hace pie en la desesperación de ser despojado de todo? El protagonista, ¿acepta?

Quienes nos dedicamos al psicoanálisis sabemos que el sujeto humano se produce como efecto de su relación al Otro. Ese Otro es un lugar que será ocupado por los adultos que sean significativos para cada quien. Es por ello que quien/quienes lo encarnen, no serán ajenos a lo que allí se produzca. Un factor muy importante será la posición que tenga quien ocupe ese lugar. “La posición” refiere a la posición ante la falta. Para decirlo someramente y a grandes –muy grandes– rasgos, el Otro puede proponerse como un ideal inalcanzable, como un absoluto que sabe todo, tiene respuesta para todo y no admite fallas ni cuestionamientos; o bien puede proponerse como quien hace lugar, de alguna manera a lo incompleto, a la falta, al no saber absoluto, a las preguntas. Entonces, en esa articulación con el otro, y según sea su posición con relación a la falta, tendrá lugar la emergencia del sujeto.

Esa producción de sujeto transita tiempos –lógicos– que se despliegan en el tiempo cronológico. Los tiempos lógicos se componen de tiempos alienación y tiempos de separación. Tiempos de sumisión y tiempos de despertar y corte. El Otro, quien ocupe ese lugar, podrá, según sus propias posibilidades, tener mayor o menor disposición a hacer de soporte a ese corte. Podrá propiciar la emergencia subjetiva, o bien obstaculizar la posibilidad del corte que daría lugar a ella. Es importante señalar que aún en el mejor de los casos, ante cada corte, ese Otro se hallará perturbado por ello.

Entonces, la estructura del sujeto parte del tiempo en que se es objeto del Otro. Y eso constituye una marca, un lugar siempre presente en la estructura, al que es posible volver cuando las condiciones empujan a ello.

Si tomamos como texto la trama del libro, encontramos a un Otro que despoja de todo, aunque también puede dar mucho si el sujeto se acomoda a sus exigencias. Pero no olvidemos: lo que da lo hace, según las propias palabras de Houellebecq, a cambio de algo tan preciado como la libertad de conciencia. A cambio de la libertad de elegir.

El dispositivo analítico apunta justamente a producir los cortes necesarios para que el sujeto se separe del Otro y allí mismo tome nota de su alienación, de la que hasta entonces podía incluso no estar anoticiado. A no ser por sus síntomas, claro, que justamente porque producen padecimiento lo traen a consultar.

Nada que vaya en el sentido contrario a la subjetivación puede tener que ver con la felicidad. Nada que tenga que ver con la imposición.

Otra ficción, en este caso una película: Whiplash** permite plasmar la alternativa subjetivante.

Andrew Neiman, su protagonista, quiere integrar la mejor banda de jazz de la escuela de música a la que asiste. Esa banda es dirigida por un profesor, Fletcher que no sólo es exigente, sino también cruel y despótico. Andrew está dispuesto a cualquier sacrificio en función de lograr lo que quiere. ¿Sumisión en pos de un objetivo, o de un ideal? Pretende complacer a Fletcher y para lograr su anuencia y elogio llegará al sufrimiento extremo, aunque sin garantizar por ello obtener el tan ansiado lugar. Fletcher, exige alienación total a su ritmo, y considera cualquier diferencia como un sabotaje que merece ser castigado –no es ingenuo el título de la película: Whiplash, cuya traducción es: latigazo–. Tal como el latigazo del superyó, está siempre dispuesto a dejar al sujeto, aplastado, descalificado y reemplazado por otro más valioso en ese momento.

Entonces, la escena final. Escena sobre la escena, la banda sobre el escenario, frente a un público ante el que se juega, para cada uno, su lugar.

Fletcher advierte que “esta noche les puede cambiar la vida. El público allí afuera puede hacer un llamado y ustedes ser contratados por las mejores casas de jazz (Blue Note, EMC, Lincoln Center). Pero si lo hacen mal, pueden empezar a buscar trabajo de otra cosa. Porque la otra cuestión es que esta gente, nunca olvida”.

Dicho esto, salen a escena. Fletcher descoloca a Andrew, ya que cambia el repertorio, lo deja sin saber qué pieza van a tocar. Sin conocer la pieza y sin partitura Andrew intenta denodadamente seguir el ritmo, ante la mirada de Fletcher, cruel, y gozosa, que muestra cuánto disfruta de este aniquilamiento.

Sin lograr seguir el ritmo del otro, expuesto en el escenario, queda entonces en una situación “embarazosa”. “Embarrás” es el término que usa Lacan en el Seminario de la Angustia, para denotar ese aplastamiento subjetivo, en el cual el sujeto desaparece tras la barra y que es, por ser absolutamente insoportable e inhabitable, el tiempo lógico que propulsa al sujeto a pasar al acto. Allí no puede quedarse. Pero la salida de esa situación constituye una línea delgada que comparten tanto el pasaje al acto como el acto. Su destino se dirimirá en el momento de su conclusión; según el efecto sea el de la producción de sujeto o el de la identificación masiva de éste a un resto.

Andrew sale de la escena, como eyectado y queda, por un instante, al borde del pasaje al acto ante la propuesta melancolizante de su padre –que abandonó su deseo de escribir y se retiró a la cómoda rutina del hogar– y lo invita a hacer lo mismo que él. Irse a casa, dar por terminado todo eso. Retirarse, pero con el amargo sabor del fracaso.

Sólo un instante de vacilación, entre la retirada de la escena y la decisión con la que vuelve a ella. Un instante en el filo entre el pasaje al acto y el acto. Acto del que emerge, siendo él quien decide: el tema, el ritmo, la partitura. Allí, en ese instante se produce el corte con el Otro, corte con la sumisión. Hay despertar del sujeto, cuando puede apropiarse con convicción de lo que quiere, y ponerlo en juego. El acto del sujeto comienza cuando el sujeto se enfrenta a una elección forzada, y sus efectos se extienden más allá de la decisión. Ahora la perplejidad será del Otro.

Esta película plasma una lograda metáfora de lo que propiciamos y observamos los analistas en el devenir de nuestro trabajo; una operación por la cual es necesario pasar repetidas veces para el sujeto.

Por otra parte, quienes trabajamos en el ámbito del hospital público, sabemos que estas condiciones que se presentan en la singularidad de cada uno, pueden reproducirse en la vida política. La vida de la Polis.

Son muchos los aplastamientos subjetivos que desde el Otro político y social nos llegan. Cada época presenta diferentes modalidades sociohistóricas de producción de aplastamiento subjetivo.

Frente a eso, destaco la institución en la cual trabajo, en la que predomina una construcción institucional basada en los acuerdos colectivos. No porque no haya desde el Otro intentos de aplastamiento. Intentos de aplastamiento que a lo largo de décadas han tomado diferentes modalidades: ignorar a la institución como tal, no figurar ni en las estadísticas, no tener presupuesto propio, no ser convocados ni debidamente informados, restringir los aportes, muchas veces, hasta la asfixia. Podríamos resumirlo como arrasamiento de los recursos, tanto físicos como humanos; que convirtieron el obstáculo en moneda corriente en la vida cotidiana de la institución durante muchos años.

Ante ello, podríamos adaptarnos alienadamente, seguir el camino de la sumisión.

O bien volver a casa, retirarse, buscar lo cómodo, lo más cómodo, relajado y sin esfuerzo.

O… resistir a la imposición. Resistir la imposición haciendo del obstáculo una oportunidad. Oportunidad para el disenso, oportunidad para la discusión; para la participación y la búsqueda compartida de soluciones. La apuesta ha sido, cada vez, no duplicar en la institución lo que analizamos en lo subjetivo.

Inventar recursos, crear espacios, ganar lugares y generar mecanismos institucionales permitió no sólo sostener, sino también hacer crecer la institución resistiendo las políticas de arrasamiento en Salud Mental.

Defender la propia partitura. Es lo que hace cada sujeto en su singularidad cuando se desaliena del Otro. Y lo que construimos institucionalmente desde la discusión y los acuerdos.

En lo que respecta a la práctica clínica, la intervención del psicoanalista requiere la consideración de la singularidad de cada transferencia; generar el terreno apto en el cual desplegar los recursos para la tramitación psíquica y propiciar así la emergencia del sujeto. Que la emergencia del deseo acote lo mortífero. Es una tarea compleja, que pone en juego el deseo de analista.

Entonces, dado que la estructura del sujeto parte del tiempo en que se es objeto del Otro y eso constituye una marca, una posibilidad siempre presente (quedar como objeto del Otro); es claro que entre el sujeto y el Otro se juegan cuestiones relativas al poder. Una temática que el psicoanálisis viene pensando desde sus inicios de un modo particular. Tanto Freud como Lacan señalaron su presencia en la transferencia pero advirtieron que la salida a la situación era “a condición de no usarlo”.

Houellebeq dice que su novela es una novela sobre el poder. Ante la imposición del poder, el sujeto enfrenta una opción ética… ¿Sumisión? o ¿Whiplash?

* Psicoanalista. Psicóloga de planta del Centro de Salud Mental Nº 3 Dr. A. Ameghino.

** Película estadounidense, 2014, escrita y dirigida por Damiene Chazelle.

Enlace original: Sumisión… o Whiplash

Whiplash

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