Spinetta, los colores del silencio

El psicoanalista Sergio Zabalza, con motivo del aniversario del fallecimiento del músico Luis Alberto Spinetta, escribe una reflexión sobre los efectos que tiene la música sobre nuestra mente y el poder que tiene para conmover nuestros lugares más intimos.

spinetta

Por Sergio Zabalza *

Hasta donde mi memoria alcanza a recordar, Spinetta utiliza dos veces la metáfora de robar un color. En su archicélebre Muchacha ojos de papel (Almendra I) pero también en Para ir (Almendra II). Si bien en ambas canciones el texto sugiere que el destinatario de la frase es una mujer, Spinetta hace rato que nos arranca colores a todos. Su particular manera de componer e interpretar ha logrado atravesar la emoción fácil y predecible que suelen generar la fascinación o la idealización por el performer para, en cambio, recalar en lo más íntimo y singular de quien se presta a escuchar sus canciones. ¿Cómo se suscita esta tan singular operación?

Según Alain Didier Weill(1), en la música entramos como oyentes, si algo de la música nos ha interesado es porque ha despertado en nosotros una pregunta que no sabíamos que albergábamos, ha despertado nuestro deseo inconsciente; en otros términos, se pone en juego la dimensión de la falta, y es allí donde se aloja el sujeto musicante, Spinetta en este caso; o más bien, nuestro Spinetta.

Entonces, en tanto poeta y artista, lo que hay para destacar es que Spinetta –ferviente amante del dibujo y la pintura– nos roba aquellos colores que no sabíamos que teníamos. Se trata de una muy particular manera de sustracción. Nos priva de emociones parapetadas tras las estereotipadas defensas del yo, para luego donarlas al amparo del velo que otorga la belleza. Es que si por un momento aceptamos que la música es el arte a través del cual los sonidos nos hacen escuchar el silencio de lo inaudito, quizá la metáfora de la pintura nos ayude a comprender la sutil y compleja maniobra del artista, ésa que nos permite apropiamos de aquello que, de una u otra manera, nos poseía.

Por ejemplo, bien podemos sostener que El grito de Munch –ese cuadro sustraído por un tiempo del Museo de Oslo– siempre estuvo robado, por lo menos desde que su creador lo “escuchó” en la pintura. Es más, a nuestro juicio, ese efecto tan estremecedor que provoca la contemplación de la obra reside en que el artista le hace gritar a la tela, lo que de su voz es “inicio inapropiable o irrecuperable de todo sentido”(2), ya “que el grito tampoco se perfila sobre un fondo de silencio, sino que al contrario lo hace surgir como silencio”(3).

De la misma forma el músico nos roba los colores de nuestros más íntimos silencios: “Cuando todo duerma te robaré un color”, dice Spinetta en Muchacha y “quiero que sepan hoy qué color es el que robé mientras dormías” en Para ir. Así, cuando Spinetta –en este caso– nos roba un color, se despierta esa pregunta aletargada por el cotidiano bla bla y la estereotipia del sentido común: quizás el mejor homenaje que hoy podemos brindarle al Flaco.

(1) Alain Didier Weill, intervención en el seminario de Jacques Lacan, clase del 21/12/1976. Texto publicado en El objeto de arte. Incidencias freudianas, Ediciones Nueva Visión, pp. 57, 58 y 59.

(2) Diálogo con E. Levinas, Etica e infinito, entrevista con P. Nemo.

(3) Jacques Lacan, El Seminario, Libro: 11, clase 2 del 22/ 1 / 1964, “El inconsciente freudiano y el nuestro”. Hay más referencias a Munch en la clase 20 del Seminario 16.

* Psicoanalista.

Enlace original: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-291763-2016-02-10.html

 

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