Sobre Manchester by the sea

Sergio Zabalza toma una de las últimas joyas del cine independiente de Estados Unidos para reflexionar desde el psicoanálisis sobre el padre. La referencia freudiana. El neurótico: culpa, responsabilidad y libertad.

Manchester-By-The-Sea-nominada-Mejor-pelicula

 

Por Sergio Zabalza

Manchester by the sea es un film cuya trama gira en torno a un padre arrojado por la contingencia a cargar con la responsabilidad más radical y extrema que un hombre puede experimentar en tanto padre: la muerte de sus hijos. Lee vive con su mujer y sus tres hijos en la ciudad de Manchester, norte de Inglaterra. Una buena noche, tras una larga reunión con sus amigos de juerga y diversión interrumpida por el enfado de su mujer, Lee sale a comprar más bebida. Al volver su casa está en llamas, con sus hijos adentro y su esposa -salvada de milagro por los bomberos-, enloquecida gritando en la calle. Horas después, ante la policía Lee explicará que, si bien mientras caminaba hacia la despensa recordó que no había colocado la pantalla protectora en la chimenea, consideró que no habría peligro de incendio. Del resto se encargó el fuego.

El film contiene una referencia muy cara para los psicoanalistas. Se trata de que años después de aquel atroz desenlace, sus dos hijas –de ocho y nueve años de edad, el tercer finado era un bebé-, se le aparecen en sueños y le dicen: “¿Papá, no ves que nos estamos quemando?” Se trata de una escena casi idéntica a la que Freud relata sobre el padre que, mientras está velando el cadáver de su pequeño hijo, muerto tras días de cuidarlo sin descanso en el lecho de enfermo, se queda dormido para soñar que el niño le reprocha: “¿Padre, no ves que estoy ardiendo?” En ambos casos un factor ambiental sirve de material para la producción onírica: en el caso de Lee una sartén en el fuego emana el humo que el hombre dormido traduce como incendio en los dichos de sus hijas; en el soñante de Freud, la llama de un cirio caído sobre el féretro del niño brinda el material para el reproche del pequeño finado. En ambos casos estos dos padres se levantan espantados, sobrecogidos y, traumatizados por el horror, se encargan de detener el fuego.

Aquí se abre una cuestión por la cual el psicoanálisis traza un antes y después en el campo de la reflexión ética: ¿Qué es lo que despierta a estos padres abrumados por la culpa, el dolor y la desesperación? ¿Es el humo de la sartén, el fuego del cirio u otra cosa más allá de toda tramitación psíquica posible? Desde la perspectiva freudiana, por la cual la realidad psíquica predomina sobre cualquier otra, lo que despierta a estos soñantes es la pulsión: esa tendencia caótica que desde siempre nos constituye y cuyo valor traumático la frase de marras condensa como ninguna otra: “¿Padre no ves que estoy ardiendo?” Es que allí, en la inconsistencia del padre, reside el punto donde desfallecen las respuestas que darían cuenta cierta de los actos humanos, Desde esta perspectiva, uno no es más que responsable que lo que hace con lo que la pulsión y su caprichosa demanda hace de nosotros: esa satisfacción que –sin saber para qué ni por qué está- pone ideales, valores, anhelos al servicio de un exceso insaciable. Como se ve, tan cierto es que la idea de libertad está restringida, como que el neurótico no lo tolera.

En otros términos: el padre -y todos los padres- se despiertan para seguir soñando con la culpa y la necesidad de castigo, como si nuestra condición existencial estuviera exenta de la posibilidad de experimentar horrores. Por algo, en su comentario al sueño freudiano, Lacan trae a colación el drama de Hamlet, al destacar que la demanda de justicia exigida por el fantasma del padre a su hijo no está formulada sin hacer referencia a que le quitaron la vida “en la flor de su pecado”

*Sobe el autor

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