¿Sabés de qué tengo ganas?

Si uno se ha sentido atraído por una canción es porque ha despertado el deseo inconciente. Desde esta perspectiva, amar –en tanto “dar lo que no se tiene”– supone brindar el vacío que habilita el pasaje de interpretado a interpretante.

Por Sergio Zabalza* para Página/12

“Es que el cuerpo tiene algunos orificios, entre los cuales el más importante es la oreja, porque no puede taponarse, clausurarse, cerrarse. Por esta vía responde en el cuerpo lo que he llamado la voz” Jacques Lacan.

Si bien todas las artes abordan la cuestión del amor, resulta llamativa la abundancia de temas románticos en el ámbito de la música, en especial aquellas obras que hacen de la voz la protagonista principal de su mensaje. De hecho, se habla del canto de los poetas al hacer referencia a textos escritos, como si –más allá del significado explícito de las palabras– el lirismo y la emoción propios del enamorado estuvieren inevitablemente asociados con la melopea y el ritmo que porta la entonación vocal.

Bien lo sabían los Beatles, que por respetar la cadencia del sonido, hacían lugar a frases en otros idiomas. Una de sus canciones explican en acto lo que el significado afirma en su letra: “Michelle, ma belle/ sont les mots que vont/ tres bien ensemble”1 (Michelle, mi bella / son las palabras que van juntas bien). Ni hablar de las onomatopeyas, suspiros o vocales con que las melodías deslizan sus mejores giros o cadencias: vayan como ejemplo la uuu que Calamaro hace oír en el Estadio Azteca o el iujuuju en el Imagine de John Lennon que marcó a generaciones.

No hay que ir muy lejos para colegir que la voz, por encarnar el baño de lenguaje que la criatura humana recibe al llegar al mundo, se constituye en el objeto privilegiado del ser hablante. Bien, y ¿cuál es el nexo entre la voz y el amor?

En su texto El Bolero. Canto a la felicidad clandestina, Laura Palacios observa: “En este género más que en otros y naturalmente, el auditor está invitado por el cantante a completar los detalles ambiguos de su opus: ‘Mmmm…¿sabés de qué tengo ganas’, susurra Olga Guillot en un tema que lleva el mismo y sugestivo nombre. Y si algo de lo dicho queda en duda o en la sombra, quien escucha un bolero no puede dejar de rellenarlo con su imaginario personal”.

Esto que la autora pone a cuenta del bolero, en realidad explica una cuestión de orden estructural: para advenir como sujetos de deseo, alguien nos debió hablar primero. De esta manera, si nos hemos sentido atraídos por una canción, es porque su letra y melodía han logrado despertar una pregunta que no sabíamos que teníamos, han despertado nuestro deseo inconciente. Desde esta perspectiva, amar –en tanto “dar lo que no se tiene”– supone brindar el vacío que habilita el pasaje de interpretado a interpretante.

Así “¿Sabés de qué tengo ganas?” constituye una invitación a generar distintas versiones de un encuentro, aunque sea para decir –como Charly García-: “Dame un poquito de amor, no quiero un toco”. Que en el día de San Valentín cada cual encuentre la entonación que mejor interprete las ganas de su cada cual. Mmmm….

* Psicoanalista.

Enlace original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/21-53227-2016-02-11.html

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