Las mujeres, entre semblantes y síntomas.

En el marco de las Primeras Conferencias Internacionales Jacques Lacan, celebradas en Barcelona el 13 y 14 de mayo de 2016, Éric Laurent teoriza sobre esta tensión en la que se encuentran las mujeres en la sociedad actual.

Reseña de Betina Ganim

PRESENTACIÓN

Rosa López, moderadora en esta primera conferencia,  anticipa un cambio en el Programa respecto del título inicial (referente al triunfo de las religiones)con el que se había difundido esta primera conferencia. Un cambio propuesto por el mismo Laurent respecto del título original, reemplazado por el de “Las mujeres, entre semblantes y síntomas”.

Rosa destaca y rescata la sorpresiva pertinencia del texto de Laurent en tanto orientador de las Jornadas próximas de la ELP en Madrid, en noviembre de este año, que llevarán como título: “Las mujeres, un interrogante para el psicoanálisis”. Un interrogante insoportable para el ser hablante, en tanto escapa al campo de las representaciones.

INTRODUCCIÓN

Eric Laurent hace primero una síntesis de los temas que abordará a lo largo de las cuatro conferencias, que estarán orientadas por el cruce entre la investigación y los temas que tienen una resonancia en el discurso de la civilización, resonancias en los impasses del discurso del Amo, resonancias en nuestra manera de vivir. Serán referencias al estado actual de la clínica, ya sea en las disciplinas clínicas por fuera del psicoanálisis (la psiquiatría particularmente) y la crisis que atraviesan las descripciones clínicas ¿Cómo respondemos desde el psicoanálisis de hoy a este momento de crisis epistémica de la clínica?

El segundo tema de estas conferencias (que será la cuarta en el orden previsto) se centra en el Autismo, particularmente en la crisis que concierne a las maneras por las cuales las burocracias sanitarias quieren proporcionar un modo de aproximarse al sujeto autista: bajo un solo formato. Algo que produce una tensión entre lo que era la invención de parte de los analistas de un tratamiento posible de los sujetos con autismo, para responder a las preguntas que el sujeto autista presenta al psicoanálisis.

Un tercer tema es el de la religión. A fines del siglo XX la religión no era un tema tan candente, incluso hasta se pensaba en la salida de la religión en Europa, un continente desreligiocizado. En el siglo XXI la religión tiene una presencia distinta, entonces, otra pregunta se plantea ¿Cómo el psicoanálisis de hoy puede dar cuenta de estas paradojas del lugar de la religión en la civilización?

LAS MUJERES, ENTRE SEMBLANTES Y SÍNTOMAS

Lo propio de la orientación lacaniana es ese punto en el que Lacan dice “el ser parlante se pierde en el nivel de la relación sexual”. Para introducirnos a lo candente de la investigación lacaniana, hay que partir de este punto: “se pierde en el nivel de la relación sexual”. Lo que para Freud se presentaba como impasse al final de un análisis, lo que él llamó la roca de la castración (ya sea para los hombres o para las mujeres) no era un “perderse”; era más bien “fracasarse”. Lacan elige no la metáfora de la roca, de lo sólido, sino más bien de lo líquido, de lo que se pierde, de lo que se desvanece. El lugar de la metáfora sólida de esta roca que surge y tiene resonancias fálicas, más bien está del lado de lo que no existe. Lacan hace el giro lógico de vincular lo que no existe, haciendo de esto un real.

Uno de los aforismos más famosos de Lacan es que “La mujer no existe”, que implica que no existe “La” como correlativo de “lo que existe”. Lo que tiene una existencia lógica son las mujeres una por una. Y ellas, en tanto que no existen, son el fundamento más real sobre el cual se puede apoyar la experiencia analítica.

Lacan retoma la herencia freudiana al revés; es decir, que si la pregunta freudiana es sobre lo que quieren las mujeres, esto se puede homologar a la no existencia lacaniana, no se sabe bien que es. Pero no es en este sentido como lo toma Lacan. Para Freud lo que era lo sólido de la experiencia analítica era el goce fálico: se sabe mucho de esto, por lo que se puede construir una industria sobre el goce fálico, como es la pornografía. Eso sí que es sólido. Y del lado de las mujeres es que no se sabe bien cómo gozan, qué quieren, y como sistematizarlo. Lo que se puede construir es una industria del fetiche, como la moda, pero no se puede decir que hay un fetichismo femenino como tal. Laurent lo deja más bien como un tema de discusión.

Entonces, al revés de plantear la cosa fálica como lo sólido, como el punto de anclaje, más bien Lacan propone el goce fálico como lo que se puede escribir. Lacan eligió un carácter: Fi, tanto para designar lo que se puede escribir en negativo: -fi (castración freudiana) como lo que no se puede negativizar: el Gran Fi.

J-A Miller presentó la teoría de los goces en Lacan para hacer surgir estos aspectos de la escritura lógica de la herencia freudiana. Pero lo más real, lo que no se puede negativizar es el goce femenino. Es más bien un punto de certidumbre sobre el cual se puede concebir una lógica que articula lo imposible de escribir y lo real. Lo real en tanto que imposible.

Lo que era para Freud un enigma que  las mujeres tienen, Lacan lo instaló con su lógica de los goces, como lo que hay que descifrar. Un enigma a descifrar al nivel del goce, como si del lado de las mujeres habría algo que articulaba el cifrado de  lalengua con el goce, presentándose como una cierta disposición, es decir, propicia el desciframiento. Si del lado del goce fálico hay algo que se cifra, del lado del goce femenino se trata de algo a descifrar. En este sentido articula las mujeres -una por una- más bien en posición de síntomas -en tanto hay que descifrar.

Laurent plantea que en los desarrollos de Lacan, en las vísperas de su última enseñanza, teníamos la definición de una mujer como síntoma de otro cuerpo. Retoma del cuento “La carta robada” de Edgar Allan Poe el personaje de la Reina, más bien el lugar de la Reina en su silencio, un silencio a descifrar. La Reina como portadora de un enigma a descifrar.

La mujer síntoma es una formulación conceptual delicada en Lacan pero al mismo tiempo se entiende -dice Laurent- parece evidente. Las mujeres son el síntoma de las civilizaciones donde están, dicen mucho sobre lo que son las civilizaciones en las que están. El estatuto de la mujer en una civilización, en nuestra época globalizada, aparentemente uniformizada, con un triunfo de cierto capitalismo adaptado a todas las civilizaciones, tiene un fetichismo de la mercancía absolutamente vigente. Pero sin embargo en estas civilizaciones uniformizadas, hay un estatuto de una por una de las mujeres, y éste es un estatuto que no se globaliza, al contrario, se diferencia.

De cierta manera, considera Laurent, cada día será mas evidente en nuestro siglo que esto de que la mujer es un síntoma, se lo podría pensar como síntoma a nivel de la pareja, y nos remite a una vieja sabiduría: ¿cómo saber cómo es un hombre?: pues ¡mirar a su mujer! Lo mismo en parejas lesbianas…

Calificar a la mujer de síntoma nos permite salir de eso demasiado marcado de la relación de las mujeres con la mascarada femenina, con el semblante. La relación con el semblante define un nivel que tiene que ser articulado a los tres registros: R, S, I (real, simbólico, imaginario) que se reordena  partir de la proposición “las mujeres en tanto que el punto real”. Esto se manifestará cada vez más en el siglo, sostiene Laurent.

En este punto recuerda la idea de Simone de Beauvoir, de un futuro en el que las mujeres serían actuadoras de su destino, de un futuro de la humanidad en el que triunfe la reducción de la distancia entre hombres y mujeres. Un futuro de igualdad de destino.

Pero Laurent plantea que lo que vemos más bien es que a medida de que se conquista de parte de las mujeres una igualdad de derechos, lo que se produce más bien es que la mujer, cada vez más, queda en posición de síntoma a descifrar, y destaca: ¡incluso para ella misma! Esa es la fuerza de Lacan, de decir que si el goce es un enigma a descifrar, no lo es solo para los hombres; toda la civilización está metida en esto.

Con esta concepción extendida que da Laurent en relación a  la mujer como síntoma a descifrar habla de lo que es lo hetero: el que ama a una mujer. Esto no deja para nada por fuera al panorama gay. A partir de que un sujeto considera que el goce femenino es un enigma a descifrar, lo que el amor permite es hetero. O más bien, que ha encontrado algo hetero a sí mismo. Es la sorpresa que nos de Lacan cuando presentó su comentario sobre Gide, donde subrayaba precisamente como núcleo central de su vida, el papel desempeñado por su mujer, y el enigma que ella fue para él. Todo esta posición de mujer síntoma complica y enriquece lo que es el síntoma en la civilización.

Lacan tuvo aforismos extraños para ubicar esta relación de la civilización con el síntoma mujer. Laurent nos trae otra exquisita referencia: en el prefacio de la obra de Frank Wedekind, “El despertar de la primavera”, nota que los jóvenes para acercarse a las chicas en la adolescencia, no tendrían idea de eso si no habían los sueños. Proposición extraña.  Parece al menos provocador. Pero si la ponemos en serie con lo que se ha dicho, se necesita un sueño para tener la idea que se descifra, que hay un mensaje a descifrar, que apunta a lo más intimo de uno. Y si esos adolescentes en Wedekind (movimiento de liberación, manifestación de un deseo de liberarse del puritanismo victoriano en Viena) se autorizan a acercarse a lo hétero femenino es a partir del momento en el cual han tenido la experiencia de algo que en lalengua se dirige a lo más íntimo de ellos, uno por uno.

La relación de la posición femenina como síntoma permite aclarar también la posición y la ligereza de la posición femenina con los semblantes, el uso que hacen las mujeres de los fetiches y de los semblantes de una civilización, encarnándoles, hasta el punto en que esto es utilizado por la industria de la publicidad: se vende cualquier mercancía, cualquier objeto articulado a una mujer.

Lo que hay en la relación que se instala entre mujeres y semblantes es al mismo tiempo la posibilidad de tener cada vez, representado con todos los semblantes posibles y encarnaciones de los fetiches, el deseo de tener como horizonte a la mujer desnuda. Aquí Laurent se refiere a “La danza de los sietes velos”, que es un aforismo bíblico donde se puede ver ese deseo insaciable, ese afán de obtener la última palabra sobre lo que hay descifrar, que queda como sentido velado de lo que es el goce femenino en juego. Este aforismo bíblico es una metáfora del sadismo fundamental que puede animar a los hombres a obtener la última palabra de una mujer sobre su goce. También hace referencia a la obra de Sade como una empresa frenética de obtener esta última palabra.

Si hay esto del lado de Occidente, del lado Oriente lo vemos en esa voluntad de obtener “la burka final”, la última palabra, una burka incluso sin los ojos, esa voluntad de obtener –al revés que en Oriente- un Universal absolutamente silencioso y velado.

Laurent considera que para entender el enfoque de Lacan sobre esta mujer síntoma, tendremos que hacer el paso que él mismo hizo en su última enseñanza. Es decir, renunciar a lo que Freud había instalado como primario, el síntoma histérico. Freud había dado la palabra a estos síntomas que en la época victoriana no hablaban: las mujeres los niños, los locos. La transformación fundamental de Freud es mostrar el interés para cada uno de nosotros, de estas palabras que él ponía en circulación, ya sea de las histéricas, de los niños o de los locos. Freud incluso consideró que la invención del psicoanálisis fue hacerse dócil a la palabra de las histéricas que se dirigían a él. Anna O. lo hizo callar, y a partir de aquí hubo un destape fundamental en la historia de Occidente. Esto da una primacía y un fundamento al síntoma estructurado como un sueño a descifrar.

Éric nos recuerda el síntoma de Dora, articulado a sus dos sueños fundamentales.  El síntoma se descifra como el sueño, pero lo que Lacan subraya es que el síntoma histérico tal como lo instituye Freud es un sistema que implica un síntoma articulado a la estructuración edípica. Para constituir su síntoma, el sujeto histérico se apoya en el amor del padre, se identifica a un síntoma del padre (recordemos que la afonía de Dora es una identificación al padre que en su goce practicaba el cunniligus con la Sra K, algo que Dora había descubierto) Ese síntoma tomado del padre, es solo en el momento en que ella lo encarna, que se puede descifrar. Pero se descifra con el hecho de que hay el soporte Padre, que no es interpretado, sino que más bien se trata de una extracción identificatoria, un síntoma elevado a la segunda potencia: síntoma de un síntoma.

En su última enseñanza, Lacan pone esto en relieve, y trata de presentar un nivel del síntoma articulado no al cuerpo del padre sino a un cuerpo como tal, el cuerpo de la pareja, del hombre amado. Tenemos que ver bien qué significa eso, dice Laurent, que es la tentativa de Lacan de presentar el síntoma fundamental como acontecimiento de cuerpo, no de otro. Hace del síntoma una experiencia de goce primordial, fundamental, y no como algo de entrada en el mundo, garantizado, organizado por el Complejo de Edipo y la significación fálica.

Esto, enfatiza Laurent, es parte de la inflexión fundamental de la ultima enseñanza de Lacan: subrayar que el goce -como lo comenta J-A Miller- el goce de un sujeto está articulado a su cuerpo (que tiene) y que uno no goza del cuerpo de otro. La proposición lógica de Lacan de que hay que separarse del síntoma histérico entendido como síntoma de un síntoma, se trata de homologar a otra proposición: uno no goza del cuerpo del otro, solo  goza de su propio cuerpo y des sus fantasías articuladas. Hay el goce del cuerpo propio; entonces no hay este pasaje propuesto por Freud del amor del padre a poder gozar del cuerpo del otro, del hombre amado -lo que daría cuenta de la feminidad cumplida.
Lacan retoma el síntoma remitido al cuerpo propio y al efecto de experiencia de un real imposible de nombrar, que entonces hay que descifrar.

Esto es probablemente una de las últimas versiones que nos dio Lacan de inconsciente estructurado como un lenguaje. Este aforismo desemboca en esto:  una mujer es un síntoma a descifrar en una lengua particular. La consecuencia fundamental de esto es que no existen las lenguas maternas. Lo que existe es -incluso en su madre- la lengua del síntoma femenino a descifrar.  Esta es una lengua privada, la lengua de equívocos que constituye el inconsciente. El inconsciente estructurado como un lenguaje, pero es este lenguaje particular que finalmente Lacan trató de transmitirnos. Y la necesidad  de tener un instrumento nuevo para descifrarlo: los nudos, las consistencias RSI como herramientas de estructuración necesarias para poder descifrar mejor este imposible que queda como horizonte en nuestra civilización.

Publicado originalmente en: “Las Mujeres, entre semblantes y síntomas”, reseña sobre la primer conferencia de Éric Laurent | Betina Ganim

Eric Laurent

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