Locura amorosa, escenarios colectivos

Este jueves se estrena en Argentina la más reciente película de Woody Allen.  Pablo Zunino realiza una reflexión sobre los temas que atraviesan su obra y las motivaciones que impulsan al reconocido director a seguir haciendo películas.

 
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Por Pablo Zunino PARA LA NACION

Para Woody Allen amar siempre trae complicaciones. “Amar es sufrir. Para evitar el sufrimiento no se debe amar, pero entonces se sufre por no amar, de modo que amar es sufrir y no amar es sufrir, y sufrir es sufrir. Y dejémoslo ahí, que es un lío”, dice un personaje de La última noche de Boris Grushenko en interpretación tirando a psicoanalítica dicha tras escuchar interminable relato sobre insatisfecha red amorosa protagonizada por nombres rusos dificilísimos de pronunciar que sufren en plan Chejov, es decir, cuando nadie ama a quien corresponde.

El problema, puesto en escena de mil maneras en las películas de Allen, es que nunca hay correspondencia perfecta en el amor entre humanos, siempre hay algo que no encaja luego de que todo parecía encajar, tal el espejismo del enamoramiento inicial. Más bien, lo que lo echa a rodar el amor es un malentendido permanente el que casi todo ocurre a destiempo, como fuera de sincro.

Curiosamente, pese a ser él un hombre de cine, no hay datos de que haya sentido tentación alguna por instalarse en Los Angeles. Su odisea fue cruzar el puente que une su Brooklyn natal con Manhattan, también dos mundos muy distintos pese a la poca distancia geográfica.

En Café Society quien realiza la travesía a Hollywood es el joven Bobby Dorfman (Jesse Eisenberg), de tipo físico y psicológico muy parecido al Woody veinteañero: descalabrado, tierno, de réplica y chistes rápidos, con idishe mame y neurosis incipiente pisándole los talones y con muy pocas a favor como para convertirse en ganador. Trabajar en la industria del cine es el sueño, una ilusión alimentada por el lugar que podría hacerle su tío materno Phil (Steve Carell), un agente de estrellas. Pero Bobby se enamora de Vonnie (Kristen Stewart), la joven ayudante y amante secreta de su tío, de sonrisa cándida y mirada herida, irresistible para ambos hombres por distintos motivos. El tío Phil, un narciso infatuado, un “snobbish” (nosotros diríamos, más que un “snob”, un “jetón”) que se la pasa alardeando de su pertenencia al mundo de ricos y famosos y que promete que se separará de su esposa para quedar libre, pero que -clásico del género- nunca termina de dar el paso. Otra invariante con la que Woody Allen nos machacó en casi todas sus creaciones, referida a las complicaciones numéricas del amor: nunca hay sólo 2, siempre juegan 3 -en el mejor de los casos- o más…

En la perspectiva de Allen nunca se trata de la locura amorosa como algo sólo individual, siempre está enlazada a los modos de locura colectiva (“conociendo al ser humano, es un milagro que haya habido un solo Hitler”, dice un aforismo suyo que condensa ambos registros). Además del tío, lo que complica el amor es cómo cada uno se va vinculando con los usos y costumbres del planeta hollywoodense de los años 30. Ella es ambivalente: su opción es adaptarse, subirse a ese brillo superficial que la tienta, o renunciar por amor, sabe perfectamente cuánto de vanidad e hipocresía hay cuando la imagen talla tanto, al punto de que -según contrabandea Allen en el guión- los estudios de cine obligaban a sus estrellas a fotografiarse con tapados de visón aún bajo el calor del verano, toda una prescriptiva comunicacional que es elocuente de cuáles eran los códigos.

Bobby, en cambio, parece más dispuesto a la renuncia, se sincera: “un poco fascinado, un poco aburrido”, resumirá así su situación emocional en nueva tierra al comunicarse telefónicamente con su familia de Nueva York, que incluye un pariente filocomunista y un mafioso que comete tropelías sin remordimientos. La resolución de ese conflicto entre los amantes dispara el desenlace de la historia, que rebota en Nueva York. Amor y sufrimiento que se traman desde y sobre las superficies espejadas de California y en contraste con la luz cambiante del Central Park o del Puente de Brooklyn: para Woody Allen las grandes ciudades no son solo telón de fondo, son tan protagonistas como los personajes.

Superficies espejadas

La luz de Café Society tiene tanta estelaridad como los personajes y los escenarios. No se trata sólo del buen uso de un recurso técnico. No se trata sólo de que Woody Allen debuta, a los 80 años, con filmar en digital, auxiliado por el director de fotografía Vittorio Storaro. Se trata sobre todo de la búsqueda de un modo de iluminar los recuerdos. Bajo esa luz tan especial se pone en el foco de la memoria el Mundo de los Años Dorados del Cine. Las menciones en continuo a íconos apoyan esa perspectiva: Paul Muni, Joan Blondell, Barbara Stanwyck, Judy Garland, Billy Wilder, Hedy Lamarr. También hay fugaces escenas donde la cámara panea sobre el hall de los Palacios del Cine, una tipología de la época diseñada por el arquitecto John Eberson y así descripta por Ernesto Schoo: “Se procuraba evocar un lugar prestigioso, un patio morisco, un castillo medieval, una plaza italiana, en la noche, bajo un cielo estrellado, proyectado con haces de luces sobre el cielorraso por el que discurrían, mediante un reflector llamado Brenograph Magic Lantern, las nubes.” Las localiciones “naturales” y las reconstrucciones escenográficas son imposibles de distinguir, se fotografía mucho Art Decó by Hollywood, así como mansiones hiperrealistas y tirando a new rich en Beverly Hills, llegando algún atrevido a copiarse del mismísimo Taj Mahal. Además están las amplias superficies vidriadas de las nuevas tendencias, la influencia arquitectónica española, los chalets californianos, los descapotables pura elegancia de antes de que el modelo del diseño automotriz fueran los tanques de guerra. Siempre bien vestidos y peinados y casi siempre con una copa en la mano y fumando sin parar.

Parece la felicidad, todo es hermoso, aparentemente perfecto, amable, sin fisuras y bajo la luz brillante de los buenos recuerdos. Un viejo maestro de actuación decía que para que la comedia funcione debe haber algo idealizado que de vez en cuando se quiebra y es ahí por donde se filtran, tramitan y descargan vía risa las imperfecciones y pesares de la vida. En Café Society, Woody Allen bien podría plegarse a la eficacia de ese aserto, porque la película es comedia, pero sumándole otros rasgos de su propia cosecha, menos amables si se quiere y así puestos en boca de un personaje: “La vida es una comedia escrita por… un sádico autor de comedias”. Casi como decir que es más llevadero hacer y mirar cine antes que llevar adelante la vida.

También hay una recuperación del night club, característico de un poco antes y un poco después de mediados del siglo XX, hoy casi extinguido, bien distinto a sus derivaciones actuales. Refugiarse y reinventarse allí será uno de los caminos posibles para Bobby. El night club era un modo de encontrarse y de desencontrarse con otros, allí pululaban millonarios bajo sospecha, políticos estafadores, gente de apellido, artistas en crisis creativas o de alcohol, chicas de cascos ligeros, periodistas soplones; una pasarela glamorosa de circulación social incluyendo trastienda oscura, el escenario soñado para lograr la gran foto de prensa, embrión de lo que hoy llamaríamos lo mediático.

Además de la mafia, el night club es quizá la atmósfera más parecida que haya existido entre ambas costas. Arquetipos inspiradores: de un lado, el Coconut Grove del Ambassador Hotel de Los Angeles, con su decoración de palmeras a la cubana, sus recepciones de gala posestreno, mucha borrachera y glotonería en un dinner & dancing intenso bajo líneas Déco. Vibración de época asombrosamente parecida a la del Persian Room del Hotel Plaza de Nueva York, más afrancesado en el estilo.

Café society condensa y recupera esos mundos perdidos con un toque de piedad, a lo mejor porque lo que vino después no fue mejor ni más fácil. Respecto de la fuente de la creación, Tennessee Williams alguna vez se preguntó y se contestó: “¿Por qué escribo? Porque encuentro la vida poco satisfactoria”. ¿Por qué a los 80 años Woody Allen seguirá haciendo cine? Quizá porque sigue encontrando que es el mejor modo de vérselas con las insatisfacciones del amor y de la vida en sociedad.

 

Enlace original: http://www.lanacion.com.ar/1932268-locura-amorosa-escenarios-colectivos

 

 

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