Las causas de la histeria

Extracto del libro El Dolor de la histeria de Juan D. Nasio. Donde aborda desde las distintas tópicas freudianas las causas de la histeria.

histeriaportada

Por Juan D. Nasio (Publicado en El Dolor de la histeria, Edit Paidos)

NUESTRA LECTURA DE LA PRIMERA TEORÍA DE FREUD: EL ORIGEN DE LA HISTERIA ES LA HUELLA PSÍQUICA DE UN TRAUMA

Volvamos ahora a nuestras preguntas iniciales: ¿cómo se hace uno histérico?, ¿cuál es la causa de las manifestaciones histéricas? ¿Cuál es el mecanismo por el que se forma un síntoma histérico? Según la primera teoría freudiana, la neurosis histérica, como además cualquier neurosis, es provocada por la acción patógena de una representación psíquica, de una idea parásita no consciente y fuertemente cargada de afecto. Recordemos que, a finales del siglo XIX , bajo el impulso de Charcot y Janet, quedó establecida y relativamente bien admitida la tesis que hacía de la histeria una “enfermedad por representación”. También Freud tomó esta senda, pero pronto se apartó de ella introduciendo una serie de modificaciones; la más decisiva fue considerar la idea parásita, generadora del síntoma histérico, como una idea de contenido esencialmente sexual. Pero, ¿qué es esto de idea sexual? ¿Cómo es posible que una idea inconsciente y sexual baste para provocar una afonía, por ejemplo, una bulimia o hasta una frigidez? Para responder, seguiremos paso a paso el trayecto que se inicia con la aparición de esta representación sexual inconsciente y que culmina con la aparición de un síntoma histérico en el paciente.

En los inicios de su obra, Freud está persuadido —después cambiará de opinión— de que el enfermo histérico sufrió en su infancia una experiencia traumática. El niño, tomado de improviso, fue víctima impotente de una seducción sexual proveniente de un adulto. La violencia de este acontecimiento reside en la irrupción intempestiva de una efusión sexual excesiva, que inunda al niño y de la que no tiene la menor conciencia. El niño, ser inmaduro, queda petrificado, sin voz: no ha tenido tiempo para comprender lo que le sucede ni para experimentar la angustia que. si una efusión tan brutal se hubiese hecho consciente, se habría apoderado de él. La violencia del trauma consiste en el surgimiento de una demasía de afecto sexual, no sentido en la conciencia sino recibido inconscientemente. Trauma quiere decir demasiado afecto inconsciente en ausencia de la angustia necesaria que, al producirse el incidente, hubiese permitido al yo del niño amortiguar y soportar la tensión excesiva. Si hubo trauma, fue precisamente porque la angustia —que debió haber surgido— faltó. De ahí en más, se instala en el inconsciente del niño un exceso de tensión inasimilable y errabunda que no llega a descargarse en una llamada de socorro, por ejemplo o en la acción motriz de la fuga. Esta demasía del afecto subsistirá en el yo a la manera de un quiste, y pasará a constituir el foco mórbido generador de los futuros síntomas histéricos. La excitación brutal provocada por el acto seductor del adulto introdujo en el seno del yo una energía que, transferida de lo exterior a lo interior, se encierra aquí en forma de una intensa tensión sexual a la deriva. Podemos reconocer en semejante exceso de afecto sexual el equivalente de un orgasmo inconsciente en un ser inmaduro. De este modo, comprendemos que el trauma ya no es un acontecimiento exterior sino un violento desarreglo interno, situado en el yo.

Sin embargo, hay otro aspecto más del trauma que debemos destacar. El trauma psíquico no es solamente un exceso de tensión errante; es también una imagen sobre-activada por la acumulación de este exceso de energía sexual. La huella psíquica del trauma, que ahora llamaremos “representación intolerable”, comprende, pues, dos elementos inconscientes: una sobrecarga de afecto y una imagen sobreactivada. Acabamos de ver cómo surge la carga sexual: preguntémonos ahora cómo surge la imagen. Para esto, hay que entender primero que el yo del niño, futuro histérico, sobre el que recaerá el impacto traumático de la seducción, es una superficie psíquica compuesta de diferentes imágenes corporales que se organizan como un cuerpo imaginario, verdadera caricatura del cuerpo anatómico. Así pues, el yo histérico es un cuerpo formado a la manera de un traje de arlequín, donde cada rombo corresponde a la imagen deformada de un órgano particular, de un miembro, de un orificio o de cualquier otra parte anatómica. En el momento del trauma, el impacto de la seducción suelta uno de estos rombos, toca puntualmente una de estas imágenes, precisamente la que corresponde a la parte corporal puesta en juego en el accidente traumático. El excedente de tensión psíquica se concentra entonces en esta imagen, y la inviste en tal medida que ésta se desolidariza de las demás imágenes del cuerpo imaginario o, lo que es equivalente, se desolidariza del yo histérico. Precisamente, lo que dimos en llamar representación inconsciente o idea parásita cuando calificamos a la histeria de “enfermedad por representación”, es esta misma imagen inconsciente, desconectada del cuerpo imaginario (el yo), remitiendo a la parte del cuerpo que estuvo en juego en la escena traumática y altamente investida por una carga sexual. Un detalle, una postura del cuerpo del adulto seductor o del cuerpo del niño seducido, un olor, una luz, un ruido…, todas estas formas pueden constituir el contenido imaginario de la representación inscrita en lo inconsciente y sobre la cual va a fijarse el exceso del afecto sexual.

Quisiera insistir más sobre el elemento esencial del trauma. Lo que hay que tener presente es esto: el trauma que el niño sufre no es la agresión exterior, sino la huella psíquica que queda de la agresión; lo importante no es la naturaleza del impacto, sino la señal que deja, impresa sobre la superficie del yo. Esta señal, esta imagen altamente investida de afecto, aislada, penosa para el yo, debe ser considerada la fuente del síntoma histérico e incluso, generalizando, la fuente de cualquier síntoma neurótico, sea el que fuere.

El trauma se ha desplazado. Empezamos mencionando un incidente traumático exterior al niño, y ahora nos hallamos con la misma violencia de la efracción enclavada en el interior del yo en forma de una representación inconsciente, sobrecargada de energía sexual y fuente de un dolor intolerable para el yo. Lo recalcamos: la causa de la histeria no es un accidente mecánico exterior y fechable en la historia del paciente, sino la huella psíquica sobre-investida de afecto; lo que opera no es el hecho de la seducción, sino la representación psíquica que es su huella viva.

LA HISTERIA ES PROVOCADA POR UNA DEFENSA INADECUADA DEL YO: LA REPRESIÓN

Se nos impone ahora una nueva pregunta: ¿qué destino tendrá la sobrecarga que inviste a la representación errante? ¿Cómo hará el yo para desprenderse de ella? Y sobre todo, ¿por qué decimos que la representación sobrecargada es la fuente mórbida de los trastornos histéricos? Es decisivo responder a estas preguntas para comprender una de las grandes tesis freudianas de la etiología de la histeria. Según Freud, la neurosis histérica es provocada por la torpeza con que el yo pretende neutralizar ese parásito interno que es la representación sexual intolerable. Es curioso observar que la representación intolerable adquiere paradójicamente su verdadero poder patógeno cuando se ve atacada por un yo recalcitrante a ella. Esta representación ya había sido aislada por el peso de su sobrecarga, y el yo va a acentuar su aislamiento hasta llevar la tensión al paroxismo. Cuanto más ataca el yo a la representación, más la aisla. Ahora bien, este sobresalto defensivo del yo es exactamente lo que Freud llama “represión”. Tanto insistió Freud en la noción de represión, que solemos olvidar lo siguiente: “reprimir” quiere decir, ante todo, “aislar”. Lo que hace a la representación radicalmente intolerable es el hecho de haber quedado fundamentalmente separada de las otras representaciones organizadas de la vida psíquica; y precisamente esto hace que conserve, en el seno del yo, una actividad patógena inextinguible. Mientras esta representación penosa permanezca apartada —es decir, reprimida—, el yo conservará en sí un traumatismo psíquico interno y larvado.

Insisto: lo que enferma a un histérico no es tanto la huella psíquica del trauma como el hecho de que esta huella, bajo la presión de la represión, esté sobrecargada de una demasía de afecto que en vano quisiera fluir. La razón esencial de la histeria es, por lo tanto, el conflicto entre una representación portadora de un exceso de afecto, por un lado, y, por el otro, una defensa desafortunada —la represión— que hace aún más virulenta la representación. La represión, cuanto más se ensaña con la representación, más la aisla y más peligrosa la vuelve. Así, el yo se extenúa y se debilita en un vano combate que genera el efecto inverso al fin perseguido. La represión es una defensa hasta tal punto inadecuada, que bien podemos juzgarla tan malsana para el yo como la representación patógena a la que pretende neutralizar.

Fue tan decisivo para Freud el papel de la defensa en la etiología de la histeria, que llamó a ésta “histeria de

defensa” (pudimos haber dicho también “histeria de represión”). A continuación, veremos que Freud no se conformará, y propondrá una denominación nueva: “histeria de conversión”.

LA HISTERIA ES PROVOCADA POR EL FRACASO DE LA REPRESIÓN LA CONVERSIÓN

Nos hallamos, pues, en presencia de un conflicto en el seno del yo entre, por un lado, una representación sobrecargada que intenta liberar su exceso de energía, y, por el otro, la presión constante de la represión, la cual, aislando a la representación, le impide dejar fluir su sobrecarga. ¿De qué modo se resolverá este conflicto? No habrá, de hecho, ninguna solución radical, es decir que no habrá flujo liberador sino únicamente soluciones de compromiso, consistentes todas ellas en la investidura de otras representaciones menos peligrosas que la representación intolerable. Se trata, pues, de un desplazamiento de energía; para ser más exactos, deberíamos decir que se trata de una transformación de la energía de un estado primero en un estado segundo. Con el fin de poner fuera de juego a la represión, el exceso de energía pasa de su estado primero —sobrecarga de una representación intolerable— a ese otro estado de carga que es el sufrimiento corporal. La carga se transforma, pues, pero no por ello deja de ser un exceso de energía generador de mórbidos efectos.

Ahora bien, este conflicto “sobrecarga/represión”, que hemos destacado en nuestro afán de comprender el mecanismo de la histeria, en realidad constituye el fundamento de todas las neurosis. La especificidad de cada tipo de neurosis, obsesión, fobia e histeria, dependerá de la modalidad que adopte el desenlace final del conflicto. Tendremos una neurosis diferente según el tipo de representación que la sobrecarga acabe por investir tras abandonar la representación intolerable. Expliquémonos. El desenlace del conflicto se decide, de acuerdo con el esquema de transformación de la energía, en dos estados distintos. Tenemos siempre la sobrecarga energética en su naturaleza de exceso, pero esta sobrecarga adopta dos estados diferentes? y sucesivos: el estado primero corresponde al momento en que ella inviste a la representación intolerable “escena traumática”; y el estado segundo corresponde al momento en que inviste a una representación cualquiera perteneciente al pensamiento (obsesión), al mundo exterior (fobia) o al cuerpo (histeria). Así pues, la sobrecarga, conservando siempre su naturaleza de exceso, puede movilizarse sorteando de tres maneras posibles la represión; o. si se quiere, provocando tres reveses de la represión que a la larga serán tres malas soluciones, pues cada una de ellas dará lugar a un síntoma neurótico causante de sufrimiento.

Obsesión

El primer desenlace posible consiste en un ‘desplazamiento de la carga, que abandona la representación penosa, se instala en el pensamiento y sobreinviste una idea consciente que ha pasado a invadir la vida del neurótico. Reconocemos aquí el mecanismo de formación de la idea fija obsesiva.

Fobia

El segundo desenlace corresponde al caso de la neurosis fóbica. La carga abandona igualmente la representación pero, en vez de instalarse de inmediato en un elemento del pensamiento, como sucede en la obsesión, en Un primer momento queda libre en el yo, desconectada, a

la expectativa. La carga disponible y flotante se proyecta luego al mundo exterior y se fija en un elemento definido (la muchedumbre, un animal, un espacio cerrado, un túnel, etc.). convertido ahora en el objeto que el fóbico debe rehuir para evitar que aparezca la angustia.

EL SUFRIMIENTO DEL SÍNTOMA DE CONVERSIÓN ES EL EQUIVALENTE DE UNA SATISFACCIÓN MASTURBATORIA

Conversión

El tercer desenlace de la lucha con la represión, el que aquí nos interesa, consiste en la transformación de la carga sexual excesiva en influjo nervioso igualmente excesivo que, actuando como excitante o como inhibidor, provoca un sufrimiento somático. Así pues, la conversión se define, desde el punto de vista económico, como la transformación de un exceso constante de energía que pasa del estado psíquico al estado somático.. Este salto de lo psíquico a lo somático, que es aún hoy un interrogante abierto,[1] podría describirse así: la sobrecarga energética se suelta del collar de la representación intolerable, conserva su naturaleza de exceso y resurge transformada en sufrimiento corporal, sea en forma de hipersensibilidad dolorosa o, por el contrario, en forma de inhibición sensorial o motriz. Puesto que en el paso de lo psíquico a lo físico el exceso de energía permanece constante —es decir, siempre desmedido—, podemos admitir que el sufrimiento de un síntoma somático es una energía equivalente a

la energía de excitación del trauma inicial o, para ser más exactos, a aquel exceso de afecto sexual que comparábamos con un orgasmo.

Esta permanencia de un mismo exceso de energía justificaría la impresión del psicoanalista cuando, ante manifestaciones somáticas de carácter histérico, acaba reconociendo en ellas la expresión sustitutiva de un orgasmo sexual. Para ser más precisos, de un orgasmo obtenido por masturbación, pues no olvidemos que la sexualidad del histérico es esencialmente una sexualidad infantil. Una repentina mancha roja en el cuello de un paciente histérico al final de una sesión puede ser considerada, desde el punto de vista psicoanalítico, como el equivalente cutáneo de un orgasmo. Vómitos atípicos, enuresis en un niño, una crisis de llanto, una afonía o una parálisis histérica de la marcha constituirán, en definitiva, la manera irregular y neurótica de que se vale el histérico para vivir su sexualidad infantil. Así pues, los síntomas de conversión han de ser tenidos por equivalentes corporales de satisfacciones masturbatorias infantiles.

En consecuencia, de los tres fracasos de la represión fracaso por desplazamiento de la sobrecarga de una representación a una idea en la neurosis obsesiva, fracaso por proyección de la sobrecarga del interior psíquico al mundo exterior en la neurosis fóbica, y fracaso por conversión de la sobrecarga en el síntoma somático, este ultimo constituye el mecanismo específico de la histeria. De aquí en más, Freud sustituirá la antigua denominación de “histeria de defensa” por la expresión “histeria de conversión”.

LA ELECCIÓN DE ÓRGANO, ASIENTO DE LA CONVERSIÓN

Ya quedó entendido que para desbaratar y sortear la presión de la represión, la sobrecarga tuvo que hallar esa salida conversiva en lo corporal e investir un órgano preciso. Ahora bien, ¿en qué forma se elige este órgano? ¿Cómo se explica que la carga irrumpa en una determinada zona corporal y no en otra? Precisamente, la región somática afectada por el síntoma de conversión corresponde a aquella parte del cuerpo alcanzada antaño por el trauma, y que pasó a constituir asi una imagen determinada. En la conversión, la carga energética abandona la imagen inconsciente para ir a “energizar” el órgano cuyo reflejo es esta imagen. La elección del asiento somático de la conversión se explica entonces, esquemáticamente, por la secuencia siguiente: parte del cuerpo percibida en la escena traumática (por ejemplo, el brazo) —> imagen inconsciente de un brazo —> parálisis conversiva del brazo. Por supuesto, estos tres estados sucesivos del cuerpo —cuerpo percibido, cuerpo en imagen y cuerpo sufriente— no siempre se refieren al cuerpo de una misma persona. La zona corporal percibida en ocasión del trauma puede pertenecer tanto al cuerpo del niño como del adulto seductor, y hasta al de un testigo de la escena. Pues lo importante no es saber a quién pertenece el cuerpo, sino qué parte del cuerpo percibió el niño más intensamente en el momento del trauma, es decir, con más pregnancia. Por ejemplo, si durante la escena traumática de seducción se escuchan los gritos indignados de un testigo —pongamos por caso, una madre horrorizada que sorprende al padrastro tocando el cuerpo de su hija—, entonces el síntoma somático de conversión adoptará la forma de una inhibición en la voz (afonía) que años después afectará a la hija, convertida en mujer histérica. Los gritos de la madre, percibidos e inscritos en el inconsciente de la niña, resurgirán ulteriormente en ésta como pérdida de su propia voz. El histérico actualiza en su cuerpo (afonía) la señal psíquica impresa por el cuerpo del otro (gritos de la madre).

Si resumimos los dos aspectos esenciales de la conversión, que acabamos de examinar, la constancia del exceso de energía al pasar del estado sexual-psíquico al estado de sufrimiento somático, y la persistencia de una zona del cuerpo al pasar del estado de imagen inconsciente al estado de órgano conversivo, comprenderemos hasta qué punto la solución conversiva es una solución mala e inapropiada. La energía cambió sin duda de sistema, pero el sujeto sigue sufriendo porque el motivo de su sufrimiento no ha variado. Sea en el plano psíquico o en el plano del cuerpo, el sujeto sufre de estar habitado por un exceso inasimilable e irreductible. La conversión es una mala solución porque no resuelve la dificultad principal causante de la histeria, a saber: el encierro del exceso de carga energética en un elemento aislado y desconectado del conjunto, tanto se trate de una representación psíquica como de una zona corporal conversiva. La salida conversiva es, en efecto, una mala solución, porque el problema de la incompatibilidad permanece intacto: lo que antes fue incompatibilidad de la representación con el conjunto de representaciones constitutivas del yo del histérico, es ahora incompatibilidad de un sufrimiento somático que no obedece a las leyes del cuerpo real.

Pero surge de inmediato este interrogante: si la conversión no es la buena solución, ¿habría una manera más adecuada de tratar el exceso?, ¿una solución que no fuese este cambio de estado en el que, como hemos visto, el exceso sigue siendo un exceso? Sí, empezar de nuevo y distribuir este exceso en una multiplicidad de representaciones, colectivizar el exceso; en síntesis: diseminarlo y, de este modo, desactivarlo. Pero, ¿de qué manera? Este es el punto en que debemos introducir la escucha del psicoanalista, considerada justamente como una diseminación del exceso y como una vía posible para curar al sujeto de lo inconciliable.

 EL SÍNTOMA DE CONVERSIÓN DESAPARECE SI COBRA UN VALOR SIMBÓLICO, EL QUE PRODUCE LA ESCUCHA DEL PSICOANALISTA

Porque alguien me escucha v quiere descubrir el enigma de los malestares de mi cuerpo, estos malestares cobraran un sentido en mi historia: tal vez así podrán desaparecer alguna vez.

Puesto que la conversión —decíamos— no es la buena solución, ¿cómo tratar el exceso y curar al histérico de lo inconciliable que lo parásita? Partimos de la hipótesis siguiente: la escucha y la interpretación del psicoanalista funcionan como yo simbólico, es decir, como conjunto de representaciones. Se trata de un yo capaz de acoger la representación inconciliable que el yo histérico reprime y de neutralizar así la sobrecarga mórbida, distribuyéndola entre el conjunto de sus propias representaciones. La escucha del analista íntegra y disipa lo que el histérico reprime y concentra. De este modo, el sujeto se cura de lo inconciliable y el síntoma de conversión podrá desaparecer. Estamos formulando estrictamente, en los términos del vocabulario energético, aquel principio general según el cual un síntoma conversivo se desvanece si cobra el valor simbólico que la escucha y la interpretación del psicoanalista le confieren. Que un síntoma cobre un valor simbólico y tenga la posibilidad de desaparecer, significa que la representación inconciliable a la que este síntoma había venido a sustituir pudo ser integrada en el sistema de representaciones de la escucha analítica, y que su sobrecarga pudo ser diseminada. Estamos formulando lo mismo mediante dos expresiones diferentes, una energética y otra simbólica. Decir que la representación inconciliable se integra en el seno del yo de la escucha equivale a decir que la escucha del analista otorga un sentido simbólico al síntoma conversivo y lo hacedesaparecer. La escucha analítica actúa, pues, tanto en el registro energético como en el simbólico.

Ahora bien, como es evidente, para que un síntoma conversivo adquiera significación simbólica y desaparezca, tendrá que cumplirse una única condición: que sea dicho por el paciente y recogido por una escucha, no una escucha que revele un sentido oculto y ya existente, sino una escucha generadora de un sentido nuevo. Pero, ¿cómo admitir que la escucha silenciosa de un analista, aparentemente pasiva, es capaz de engendrar sentido por sí sola? ¿Y cómo admitir que el engendramiento de este sentido hace desaparecer el síntoma? Una escucha tendrá efectivamente el poder de engendrar un sentido nuevo si es la escucha de un psicoanalista habitado por un deseo en hueco, preparado para recibir el impacto de un dicho sintomático. Entendámonos: para que el síntoma conversivo cobre sentido, no basta con que el paciente lo nombre y hable de él a otro. Aún es preciso que la escucha que recibe este decir sea una escucha transferencial, esto es, la escucha de un terapeuta que desea entrar en la psique del paciente hasta el punto de encarnar en ella el exceso irreductible, de constituirse en ella como el núcleo del sufrimiento. Si lo consigue, es decir, si su deseo de analista está presente, identificado – con la causa del sufrimiento sufrimiento, entonces el psicoanalista será llevado a decir la interpretación o a hacerla surgir indirectamente en la palabra del analizando. Para que el analista sea llevado a decir la interpretación, habrá hecho falta, ante todo, que se identifique con el exceso inasimilable, esto es, que pase a ser la energía misma. Para encontrar la buena interpretación no hay ninguna necesidad de buscarla en los libros ni en el trabajo del pensamiento; surgirá de improviso si el analista supo colocarse antes en el centro del foco psíquico del exceso. Identifíquense con el núcleo del sufrimiento y la interpretación brotará: y, cuando aparezca, se ofrecerá como un sustituto de la

representación intolerable, radicalmente distinto de ese otro sustituto que era el síntoma de conversión.

Antes de la escucha, la representación inconciliable era dicha por el síntoma a través de la conversión, y esto hacía sufrir; con la escucha, la misma representación es dicha por la interpretación y esto disipa el sufrimiento. ¿Por qué? Porque el analista, al decir la representación inconciliable a través de la interpretación, logra que el exceso que pesaba sobre la representación se disemine entre la familia de representaciones que la escucha analítica encarna (yo simbólico). Al yo del histérico extenuado y enfermo por querer reprimir en vano, le inserto como psicoanalista mi deseo de ser el sufrimiento del síntoma: y, gracias a la interpretación, vuelvo conciliable la representación hasta entonces inconciliable. De este modo el síntoma se hará compatible con el resto del cuerpo, es decir, será llevado a desaparecer. Con mi escucha, o sea con mi inconsciente, acepto integrar lo que el yo histérico rechaza. Es suficiente este deseo del analista, aun silencioso y tácito, para que la escucha vivifique al síntoma con un valor simbólico y, en consecuencia…, lo haga desaparecer. Sí, la escucha da un sentido y el sentido mata al síntoma, porque lo “ordinariza”, lo trivializa y le hace ocupar un lugar entre otros acontecimientos en la constelación de acontecimientos de la vida psíquica del sujeto. Mientras no ha sido escuchado, el síntoma sigue siendo la espina que, por inasimilable, hace sufrir; pero fue preciso que la escucha lo tornara significante para que el sufrimiento menguase y el síntoma se disolviera.

En resumen, es como si la escucha del psicoanalista funcionara como una familia de representaciones que da acogida a la representación inconciliable, hasta entonces reprimida por el yo histérico. El exceso de sobrecarga se reparte así entre los diferentes miembros de esa familia auxiliar que es el yo simbólico haciendo las veces de escucha. La resolución del exceso de afecto se cumple, pues, gracias a la dispersión y disipación de la energía entre las representaciones de este conjunto que es el yo de la escucha. Por fin, liberada de la sobrecarga y homologada

con otras representaciones hermanas, la representación antaño inconciliable y ahora apaciguada podrá volver a integrarse en el yo que la había repelido. La escucha analítica obraría, pues, como relevo, a través del cual la representación inconciliable se torna conciliable; relevo entre un yo enfermo que reprime y un yo nuevo, antaño histérico, que en lo sucesivo acepta. Estructuralmente hablando, el conjunto de representaciones que reprime —llamado yo histérico—, el conjunto de representaciones que acoge —llamado yo simbólico, es decir, la escucha psicoanalítica— y el conjunto de representaciones de un yo nuevo que ahora acepta, constituyen, dentro del marco de la transferencia, tres conjuntos que se superponen. Estos conjuntos se fundan en una sola y misma estructura llamada lo inconsciente, un inconsciente que no pertenece ni a uno ni a otro de los partenaires analíticos.

NUESTRA LECTURA DE LA SEGUNDA TEORÍA DE FREUD: EL ORIGEN DE LA HISTERIA ES UN FANTASMA INCONSCIENTE

El interés del que estudia la histeria no tarda en apartarse de los síntomas para dirigirse a los fantasmas que los producen.

                                                                                              S.Freud

Antes de continuar, preguntémonos lo siguiente: esta teoría que acabamos de exponer y que se basaba en nuestra lectura de las primeras formulaciones de Freud, ¿mantiene su actualidad? ¿Sigue siéndonos útil en el trabajo con nuestros pacientes? Cuando un psicoanalista

se encuentra hoy ante un síntoma histérico de conversión un problema somático como los que suelen presentarse en el curso del análisis: crisis de urticaria, por ejemplo, o vértigos en el niño—, ¿piensa este psicoanalista en los términos que acabamos de emplear? Respondo, sin vacilar, por la afirmativa. A nuestro juicio, la teoría de la conversión, según la hemos interpretado, sigue siendo extremadamente actual. Más actual todavía si tenemos en cuenta la modificación que Freud le introdujo en 1900: el origen de la histeria es un fantasma inconsciente, no una representación. Y lo que se convierte es una angustia fantasmática, no una sobrecarga de la representación.

Freud considera que. para explicar la aparición de un síntoma de conversión, ya no es necesario descubrir un acontecimiento traumático real en la historia del paciente. La representación penosa no necesita surgir de una remota seducción sexual cometida por un adulto. Ahora basta pensar en nuestra infancia, imaginar el desarrollo de nuestro cuerpo pulsional, y comprender que cada experiencia vivida en nuestra niñez, en el nivel de las diferentes zonas erógenas —boca, ano, músculos, piel, ojos— tiene el exacto valor de un trauma. A lo largo de su maduración sexual, el yo infantil mismo, sin tener que padecer una experiencia traumática real desencadenada por un agente exterior, es el asiento natural de la eclosión espontánea y violenta de una tensión excesiva llamada deseo.

¿Pero dónde localizar entonces, en la evolución normal de nuestro cuerpo libidinal, esa eclosión espontánea de un trauma producido sin intervención exterior? Para Freud —y en el presente para nosotros— el vocablo trauma ya no se refiere esencialmente a la idea de un acontecimiento exterior, sino que designa un acontecimiento psíquico cargado de afecto, verdadero microtrauma local, centrado en torno a una región erógena del cuerpo y consistente en la ficción de una escena traumática que

el psicoanálisis llama fantasma. Que el fantasma sea un trauma no quiere decir, por supuesto, que todos los traumas sean fantasmas. En la vida cotidiana del niño pueden producirse choques traumáticos reales provocados por agentes exteriores; estos choques existen y son frecuente motivo de consulta en psicoanálisis de niños. En este caso, el afecto provocado por el trauma real es un sentimiento de pavor que, sin ser reprimido, quedará inscrito no obstante, de una u otra manera, en la vida fantasmática de la psique infantil. Digámoslo, pues, con claridad: es cierto que hay traumas que no son fantasmas, pero todos los traumas, sean reales o psíquicos, se inscriben necesariamente en la vida de los fantasmas.

Pero sigamos. ¿Por qué decir que los fantasmas equivalen a traumas? Porque en ese foco del fantasma que es el lugar erógeno, brota una sexualidad excesiva, no genital (autoerótica), sometida automáticamente a la presión de la represión. La sexualidad infantil nace siempre mal, pues es siempre exorbitante y extrema. Este fue el gran descubrimiento que hizo abandonar a Freud la teoría del trauma real como origen de la histeria. La sexualidad infantil es un foco inconsciente de sufrimiento, pues es siempre desmesurada en relación con los limitados recursos, físicos y psíquicos, del niño. El niño será siempre inevitablemente prematuro, no preparado en relación con la tensión que aflora en su cuerpo; y, a la inversa, esta tensión libidinal será siempre demasiado intensa para su yo. Origen de futuros síntomas, la sexualidad infantil es traumática y patógena porque es excesiva y desbordante. Según la primera teoría, el incidente traumático real de la histeria consistía en la acción perversa de un adulto sobre un niño pasivo; en el presente, la perspectiva ha dado un vuelco total: el propio cuerpo erógeno del niño produce el acontecimiento psíquico, pues es foco de una sexualidad rebosante, asiento del deseo. Un deseo que entraña la idea de que algún día podría realizarse en la satisfacción de un goce ilimitado y absoluto. Lo insoportable para el sujeto es, justamente, esta posibilidad de un absoluto cumplimiento de deseo. Lo habíamos dicho en las primeras páginas: para el sujeto el goce es insoportable porque, si lo viviera, pondría en peligro la integridad de todo su ser. Es tan intenso el surgimiento de este exceso de sexualidad llamado deseo, con la eventualidad de su cumplimiento, llamado goce, que, para atemperarse, necesita la creación inconsciente de fabulaciones, escenas y fantasmas protectores.

Estas formaciones fantasmáticas producidas inconscientemente, es decir, ignorándolas el sujeto, son la respuesta psíquica obligada para contener el exceso de energía que el empuje del deseo implica. Una escena fantasmática tan “verdadera” como la antigua escena traumática ocurrida en la realidad, dará entonces forma y figura dramáticas a la tensión deseante. Esta tensión, una vez fantasmatizada, es decir, atemperada por el fantasma, sigue siendo una tensión igualmente insoportable, pero ahora está integrada en la escena del fantasma y a ella se circunscribe. Ahora la llamamos angustia fantasmática. La angustia es el nombre que adoptan el deseo y el goce una vez inscritos en el marco del fantasma.

Sin embargo, se entienda el exceso de energía como una demasía de afecto resultante de un choque traumático (primera teoría), o como una angustia fantasmática respondiendo al despertar espontáneo y prematuro de la sexualidad infantil (nueva teoría del fantasma), invariablemente seguimos sosteniendo la tesis de que la causa principal de la histeria reside en la actividad inconsciente de una representación sobreinvestida. Con la salvedad de que el contenido de esta representación ya no se reduce a la imagen delimitada de una parte del cuerpo (primera teoría), sino que se despliega respondiendo a un libreto dramático llamado fantasma. Este fantasma se desarrolla en una breve secuencia escénica que comprende

siempre los elementos siguientes: una acción principal, protagonista, y una zona corporal excesivamente investida, fuente de angustia. En esta nueva teoría, el fantasma así construido es tan inconsciente y está tan sometido a la represión como la representación intolerable de la primera teoría; y también es portador de un exceso insoportable de afecto, exceso que ahora denominamos angustia. Angustia que. al desbaratar la acción de la represión, hallará su expresión final en un trastorno del cuerpo. De ahora en adelante, de acuerdo con esta segunda teoría freudiana que sitúa al fantasma en el origen de la histeria, el psicoanalista ya no deberá buscar detrás del síntoma un acontecimiento traumático fechable y real, sino el “traumatismo” de un fantasma angustiante.

[1] P. Benoit, “Le saut du psychique au somatique”, Psychiatrie franqaise, 5, 85, págs. 13-25.

LA VIDA SEXUAL DEL HISTÉRICO

LA VIDA SEXUAL DEL HISTÉRICO ES UNA PARADOJA, Y ESTA PARADOJA ES LA EXPRESIÓN DOLOROSA DE UN FANTASMA INCONSCIENTE

El deseo y el asco son las dos columnas del templo del Vivir.

  1. Valéry

Pero, ¿cuál es ese fantasma inconsciente, origen de la histeria? ¿Quiénes son sus actores, cómo actúan y de qué naturaleza es la angustia que los anima? Vamos a responder pero, antes, prefiero comenzar por tratar este fantasma según los efectos clínicos que produce en la vida sexual de los pacientes histéricos. El desajuste de la sexualidad histérica se explica como la manifestación más directa o, para decirlo con más precisión, como la conversión somática más inmediata de la angustia que domina en el fantasma originario de la histeria. Veremos más adelante cuál es este fantasma y de qué angustia se trata, pero observemos ya que el mecanismo de conversión, que transforma a la angustia de este fantasma inconsciente en un desorden general de la sexualidad, tiene un alcance más global que la estricta conversión que

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transformaba la sobrecarga en un síntoma somático peculiar. Existirían entonces dos clases diferentes de conversión que, lejos de oponerse, se complementan: una conversión global que transforma la angustia en un estado general del cuerpo, y una conversión local que transforma la angustia en un trastorno somático limitado a una parte definida del cuerpo. Pensamos que la idea de una conversión global —que por lo tanto ya no se limitará a una parte del cuerpo sino que lo involucraría globalmente— permite explicar mejor la sexualidad histérica. Creemos que a partir del momento en que reflexionamos en términos de fantasma inconsciente y no ya en términos de representación (imagen de una parte corporal), en términos de angustia y no ya en los de exceso de energía, la teoría freudiana de la conversión, así reestructurada, resulta más fecunda que nunca como explicación del sufrimiento sexual de la histeria. Podemos afirmar que la angustia del fantasma se transforma en una perturbación de la vida sexual del histérico, en un estado de sufrimiento causado por una erotización general del cuerpo, erotización que se acompaña, paradójicamente, de una inhibición concentrada en el nivel de la zona genital. Así pues, la conversión global de la angustia del fantasma da lugar a un sorprendente contraste: un cuerpo globalmente erotizado coexiste dolorosamente con una zona genital anestesiada.

Pero, ¿de qué naturaleza es esta angustia que acompaña al salto de un fantasma psíquico situado en lo inconsciente a la erotización global del cuerpo y a la inhibición genital? Por otra parte, ¿de qué fantasma se trata? Dejemos la respuesta en suspenso un momento más, y describamos la singular y dolorosa paradoja de la sexualidad histérica.

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LA PARADOJA DE LA VIDA SEXUAL DEL HISTÉRICO

Aclaremos primero que la inhibición genital a que nos referimos se traduce en la vida sexual del histérico no, como podríamos pensar, por una indiferencia hacia la sexualidad, sino casi siempre por una aversión, verdadera repugnancia hacia todo contacto carnal. La inhibición sexual histérica no significa apartamiento, sino movimiento activo de repulsión. Una repulsión tan característica que Freud llegó incluso a formular lo siguiente: “No vacilo en considerar histérica a toda persona a quien produce asco cualquier ocasión de excitación sexual, manifieste o no esta persona síntomas somáticos.”[1] Y, en otro texto, añadirá: “El contradictorio enigma que plantea la histeria (…) (es] la pareja de opuestos formada por una necesidad sexual excesiva y una repulsa exagerada de la sexualidad”[2] De modo, pues, que a la hipererotización global del cuerpo no genital se le opone una profunda aversión por el coito genital. La impotencia, la eyaculación precoz, el vaginismo o la frigidez son todos ellos trastornos característicos de la vida sexual del histérico que expresan, en una forma u otra, esa angustia inconsciente del hombre a penetrar en el cuerpo de la mujer, y esa angustia inconsciente de la mujer a dejarse penetrar. La paradoja del histérico respecto de la sexualidad se caracteriza, pues, por una contradicción:por un lado, hay hombres y mujeres excesivamente preocupados por la sexualidad y que intentan erotizar cualquier relación social; por el otro, ellos sufren —sin saber por qué sufren— de tener que pasar la prueba del encuentro genital con el otro sexo. Pienso por ejemplo en esa clase de hombres que se cuestionan sobre el tamaño y los atributos de su pene, o incluso sobre su guapura muscular, y que correlativamente manifiestan un frágil interés por las mujeres; para ser más exactos, una frágil pulsión de penetrar el cuerpo de la mujer. Son hombres narcisistas, exhibicionistas, a veces muy seductores, y con un grado variable de homosexualidad y masturbación.

LA MUJER HISTÉRICA Y EL GOCE DE LO ABIERTO

Si pensamos ahora en las mujeres histéricas, la paradoja resulta mucho más complicada y oscura. En efecto, la multiplicidad de aventuras amorosas de ciertas mujeres contrasta con el sufrimiento de que dan fe variados tipos de inhibición durante el acto sexual (frigidez, vaginismo, etc.). Ahora bien, entre estas inhibiciones figura una, esencial y secreta, que alcanza a la histérica en lo más profundo de su ser de mujer. Mientras vive una relación carnal aparentemente dichosa con un hombre, la mujer histérica puede rehusar abrirse —casi sin saberlo, pero resueltamente— a la presencia sexual del cuerpo del otro. La lección que obtiene el psicoanalista de esta negativa de la mujer histérica podría enunciarse así: la histérica se ofrece, pero no se entrega; puede tener relaciones sexuales orgásmicas (orgasmo clitorídeo o vaginal) sin por ello comprometer su ser de mujer. En el momento del acto, cuando se enfrenta a la amenaza de perder su virginidad fundamental, se repliega en el umbral del goce del orgasmo, preservándose así de experimentar un goce radicalmente distinto, enigmático y peligroso, que llamaremos goce de lo abierto.[3] La histérica puede ofrecerse al orgasmo, pero no se entrega por ello al goce de lo abierto.

La histérica no se entrega, de acuerdo; pero subsiste un interrogante: ¿es posible, histérico o no, entregarse verdaderamente a ese goce infinito? ¿Es concebible gozar de lo abierto? Aparte de los místicos y de sus experiencias de éxtasis, quizá todos nosotros seamos, igual que los histéricos, seres para quienes la relación sexual es finalmente una relación imposible. Esto es lo que Lacan se esforzó en mostrarnos a través de toda su obra. Pero entonces, ¿qué cosa singularizaría a la histérica sino la intensidad y pasión que pone para tropezar, hiriéndose, con el límite de una imposible relación sexual?

Al rehusar entregarse, la histérica se ve inevitablemente arrastrada a la pendiente de la insatisfacción. Se trate del hombre que se niega abiertamente a penetrar a la mujer, o de la mujer que, aceptando la penetración, se niega a perder su virginidad fundamental, los dos vivirán sin escapatoria un estado permanente y latente de insatisfacción. Una insatisfacción que no se acantona en el mero registro sexual sino que se extiende al conjunto de la vida; a veces, con enorme dolor, a través de episodios depresivos y hasta de tentativas de suicidio. Sin embargo, a pesar de este dolor, el histérico se empeña asombrosamente en su insatisfacción. Tanto se empeña que hace de ella su deseo: deseo de insatisfacción; deseo con el cual Lacan marcó para siempre lo propio de la histeria. El histérico desea estar insatisfecho porque la insatisfacción le garantiza la inviolabilidad fundamental de su ser. Cuanto más insatisfecho está, mejor protegido queda contra la amenaza de un goce que él percibe como riesgo de desintegración y locura.

[1] S. Freud, Cinq psychanalyses, P.U.F., 1981, pág. 18.

[2] S. Freud, Trois Essais sur la théorie sexuelle, Gallimard, 1987, pág. 60.

[3] El concepto de apertura fue ampliamente desarrollado por X. Audouard, La Non-Psychanalyse ou l’ouverture, L’Etincelle, 1984.

Publicado en El Dolor de la histeria, Edit Paidos

Enlace original: http://tertuliaslacanianas.blogspot.com.ar/2016/02/las-causas-de-la-histeria-juan-d-nasio.html

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