El hombre que pudo amar a Julieta

Sergio Zabalza escribe esta nota una reflexión sobre las relaciones y la femineidad teniendo como inspiración la última película de Pedro Almodóvar; Julieta. 

 

Por Sergio Zabalza para Rosario/12

Entre otros aciertos, la última película de Almodóvar -inspirada en relatos de Alice Munro- muestra un hombre que sabe escuchar a una mujer. Julieta (Emma Suárez) y Lorenzo (Darío Grandinetti) están juntos desde hace unos pocos años, ambos tienen poco más de cincuenta. En el comienzo el film los muestra amorosamente agradecidos por la compañía que uno y otro se prestan en la experiencia de envejecer juntos. Un encuentro casual hará que Julieta cambie drásticamente de parecer. Perplejo y angustiado, Lorenzo exige explicaciones pero, ante la negativa, el hombre admite que siempre supo de una zona inaccesible en ella “que yo decidí respetar”. “Pues te pido que también me respetes ahora” -responde ella. Será este respeto por esa soledad no dispuesta a compartirse la que permitirá a Julieta atravesar el cruel rubicón que signaba su vida y así retomar la vida amorosa. Para bien o mal, la soledad es un componente esencial en la subjetividad femenina. Por algo, en el consultorio se suele escuchar: “todo muy bien, pero el momento de mayor alivio y felicidad es cuando estoy sola”. Es que una mujer suele estar sujeta a todo tipo de demandas: madre, esposa, ama de casa, estudiante, empleada o profesional, cuando no organizadora, centro y sustento de toda la actividad familiar. Por otro lado, la soledad suele aterrar al sujeto femenino, el fantasma de terminar vieja y loca no es sólo una película. Pero más allá de las épocas y las amenazas, lo que distingue al sujeto femenino es su inevitable proximidad con el vacío de respuestas sobre la pregunta acerca de qué es ser una mujer: una ausencia que cada dama transita de manera única y especialísima. Es allí donde un hombre puede cumplir un papel decisivo si sabe albergar ese enigma que es motor y causa del deseo. No en vano, según Lacan: “El hombre sirve de relevo para que la mujer se convierta en ese Otro para sí misma, como lo es para él” (1). Hay que tener lo que se tiene muy bien dispuestos para cumplir ese papel que desafía el impulso posesivo de la impostura masculina. En su Idea de amor, Giorgo Agamben brinda una brújula: “Vivir en la intimidad de un ser extraño, y no para convertirlo en lo más cercano, para volverlo conocido, sino para mantenerlo extraño, lejano, aún más: inaparente. Tan inaparente que su nombre lo diga todo”(2). Julieta, por ejemplo.

1 Jacques Lacan, “Ideas directrices para un congreso sobre sexualidad femenina”, en Escritos 2.

2 Giorgo Agamben, “Idea de la prosa”, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2015, p. 51.

*Psicoanalista. Hospital Alvarez.

Enlace original: El hombre que pudo amar a Julieta

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