El hilo invisible de la mujer síntoma ( escenas para una deconstrucción conyugal)

Pequeñas escenas de algunas obras de teatro o películas suelen revelar con meridiana claridad los fantasmas que conforman la compleja e intrincada relación entre hombre y mujer. Tomemos por caso “El hilo invisible”, una película dirigida por Paul Tohmas Anderson en la que Daniel Day Lewis encarna al famoso modisto Reynolds Woodcock en el Londres de los glamurosos años ´50.

Por Sergio Zabalza*

Dedicado a vestir a la realeza, hombres de negocios y damas encumbradas, el modisto hace de su oficio una pasión a la que se dedica con extremada exigencia y obsesión. En una hostería conoce a Alma, a quien convierte en su musa preferida con la expectativa de abandonarla una vez que los compromisos, los vestidos y el entusiasmo cedan para dar lugar quizás a una nueva joven con quien continuar renovando sus creaciones de alta costura. Alma demuestra no estar dispuesta a semejante destino y el film se las arregla para mostrar los matices y variantes con que el amor se hace un lugar entre las exigencias de la tontería narcisista.

La escena a la que intentamos prestar atención y analizar es una repetición de una sencilla pero significativa secuencia: Woodcock se encuentra en su taller reconcentrado en la costura de uno de sus diseños, entra Alma y hace una pregunta trivial que despierta el enojo del hombre, perturbado por la repentina irrupción. Sin prestar mayor atención al episodio, ella dice: – “Bueno…, ya me voy”. Y él le contesta con una frase que merece toda nuestra atención: “¡Vos te vas, pero la interrupción se queda conmigo!”. Se trata de una escena repetida una y mil veces en la vida cotidiana de las parejas. El tipo concentrado en una tarea , cualquiera sea ésta ( un clásico: leer el diario) , ella viene con una pregunta o un recordatorio de tareas muy alejadas de las preocupaciones del hombre, tras lo cual sobreviene el desencuentro, la amargura, los reproches y toda la saga que compone el malentendido cotidiano entre las parejas.

Resulta tentador considerar que la secuencia mentada se corresponde con la que compone la constitución subjetiva, a saber: Narciso reconcentrado y fascinado admirando su propia imagen en el río, de pronto una avispa clava su aguijón en el rostro del auto- enamorado, que así corta el mortífero encanto al precio de dejar un melancólico anhelo por el paraíso perdido. Detalle por demás importante es que la interrupción va por cuenta del campo femenino ( que no coincide necesariamente con las mujeres) , es decir: la contingencia que “rompe”, incomoda, desubica y des-localiza la estereotipia en que el macho suele anclar su narcisismo. Demos un paso más y examinemos la frase: “pero la interrupción se queda conmigo”.

¿Qué es eso que se queda con Woodcock? Aquí es donde la posición subjetiva del hombre indica si lo que continúa es la rabia mordida propia del regocijo superyoico o ese hueco que por no albergar respuesta alguna, da lugar a la novedad y la oportunidad para la creación. En el primer caso, lo que se queda con el modisto no son más que los mandatos infantiles actualizados en el delirio obsesivo con que el hombre hace de la costura el expediente para conformar la mujer perfecta que habita en su fantasma, desde ya muy distante de la dama que para bien o mal acompaña sus días. (De hecho, al comenzar el film, Woodstock profesa una marcada adoración por su finada madre, que le hace portar en el forro del abrigo un mechón de sus cabellos). En el segundo caso, aparece lo que Lacan llama la mujer síntoma, ese cuerpo/interrupción que, por condensar el goce del varón, “se queda conmigo”. De los Dos depende lo que cada Uno hace con este síntoma.

*Psicoanalista. Licenciado en Psicología (UBA). Magister en Clínica Psicoanalítica (Unsam)  y actual doctorando en la Universidad de Buenos Aires.

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