El dulce regalo de los dioses

Están allí, a mano, y nos endulzan la vida. No tienen que ver con el hambre, sino con la gratificación. Son una de las formas más universales que adoptan el placer y la alegría. Y constituyen una fuente de satisfacción para todas las edades, desde la primera infancia a la ancianidad. 

Florencia Migliorisi / Especial para Más suplemento de la La Capital

Por calle Córdoba entre San Martín y Mitre, al lado del histórico y desaparecido café Sorocabana, se ubica uno de los locales de golosinas más famosos de la ciudad. Esta cronista intenta empaparse del objeto de estudio y sale de Royal con dos bolsas amarillas repletas de chocolates, caramelos y gomitas. De esta actividad experimental y los testimonios de chicos, adultos y especialistas parte esta nota, en la que analizaremos el mundo de las golosinas y los golosos.

Las golosinas son un elemento de no poca importancia en nuestras vidas. Desde los caramelos en la recepción de una clínica o la peluquería hasta la caramelera de cristal de nuestros abuelos, la Tita, Rhodesia y Bananita Dolca de los recreos de la escuela, la barrita de cereal o chocolate circulando por los cajones de la oficina, las gomitas o confites Sugus para el cine, el postre improvisado de Cremokoa o bocadito Marroc, el Mantecol para Navidad, las pastillas de mentol para el aliento y los alfajores Havanna o Balcarce marplatenses. Todas ellas, y muchas más, ocupan una parte muy importante en nuestras horas: nos endulzan, nos cambian la cara. Y nos alegran por un instante.

Para entender de qué va el consumo de golosinas, hacemos una primera parada sobre dos conceptos clave: el hambre y el apetito. El hambre es una necesidad del orden fisiológico, que nos urge ante una carencia de nutrientes y nos lleva al impulso de alimentarnos. Está relacionado con algo tan básico como la supervivencia. Por otro lado, el apetito está atravesado por las emociones: con el deseo de comer algo que sea más gustoso, más apetitoso. La psicóloga especialista en infancia Giselle Maranges asegura que “cuando estamos muertos de hambre y comemos, lo primero que encontramos responde a una necesidad fisiológica de ingerir alimentos y así comemos cualquier cosa. El apetito es más selectivo y emocional: hoy tengo ganas de comer esto”.

No obstante, el hambre y el apetito pueden ir de la mano. Las golosinas se ubican más cerca del apetito, es decir, de eso que viene a satisfacer una necesidad placentera o emocional. Las golosinas desempeñan un rol positivo en nuestras vidas. Andrés Santoro, licenciado en psicología, relaciona las golosinas con “el encuentro de sensaciones agradables”.

Golosinas e infancia

“Me gustan las golosinas y quiero que el mundo sea de golosinas. Y habría mundos de chupetines, mundos de churros y el mundo normal sería este pero con todos caramelos y chupetines y me voy a comer todo yo. Sí, ya me lo estoy imaginando” cuenta Lautaro (9), quien está al lado de Laura (33), su madre, que explica que sólo ingiere golosinas como postre, después de comer. Lautaro tiene incorporado un imaginario multicolor de dulce felicidad.

Las golosinas son parte fundamental del universo de la infancia. Circulan entre padres y niños como una especie de premio o recompensa. Las golosinas no son sólo algo dulce, se trata de un alimento revestido con un valor adicional. Entran en la relación padre-hijo como un premio o beneficio ante determinadas conductas: si se portan bien, hacen la tarea o comen las verduras, son premiados con algo dulce. Santoro comenta: “A nadie le dan como premio una sopa, sino un helado, un chocolate. Es una gratificación”. Maranges apunta que se trata de un “refuerzo positivo” y que “es un reconocimiento, también. Porque el nene, al margen de portarse bien, es premiado por su padre o su madre, que son las personas más importantes para él, y con esto se siente valorado, respetado, mirado, registrado. Así, es mucho más que comida”.

La golosina no tiene criterio alimenticio, no sirve para eso. “Les decimos a los chicos: comete primero la comida que después viene el postre. Son un plus, la comida es lo que alimenta. La golosina es innecesaria desde el punto de vista nutricional” asevera Santoro.

La golosina funde un lazo muy primario con los padres. Los chicos, cuando reciben un chocolate como un mimo y como una forma de contención, por algo que han hecho bien, ligan a la golosina con algo positivo: “Algo parecido a la felicidad”, puntualiza Giselle. Y alerta sobre los perjuicios de premiar a los chicos siempre con una golosina o referente alimentario: “También hay que premiar compartiendo tiempo con los hijos, que muy importante para ellos. Jugando, por ejemplo. Que el premio pueda ser valorado en diferentes ámbitos porque si no queda la falsa sensación de que este cariño de los padres llega siempre por medio de lo dulce o de la comida en general”. Federico Bosch es psicoanalista y opina que “como en todo consumo, debe haber un equilibrio. Saber marcarle los tiempos al niño. Le estás enseñando un ritmo de alimentación, a saber esperar, que es lo fundamental”.

Bosch analiza el tema de la espera como un punto nodal: “Hay un test de la golosina que consiste en darle una golosina a un niño y decirle: «Si no la comés en cinco minutos, te doy dos golosinas». Así arranca. Entonces, según cómo reacciona ese niño el psicólogo saca la información dependiendo de si el chico espera, aguanta un minuto y después consume, si empieza a preguntar e inquietarse o si aguarda los cinco minutos hasta que le den otro dulce. Las conclusiones son asombrosas porque el que puede esperar una golosina es un chico que puede mediatizar, esperar y proyectar a largo plazo”. El estudio muestra el poder del autocontrol educado desde la niñez. Bosch llega a comparar las golosinas con las redes sociales: “Ahí estás en contacto con la inmediatez. No necesitás esperar, ponés inicio y ves las noticias. La satisfacción que antes te daban el chocolate o cualquier golosina te la ofrecen las redes sociales al alcance de tu mano, por eso se las llama golosinas virtuales”. Profundiza sobre la necesidad de marcar la espera porque “ese vacío nos permite ser más creativos. Cuando te atorás con comida no podés pensar o hacer otra cosa.”

Oralidad y madres

Hasta ahora veníamos hablando de la golosina como premio y reconocimiento. Le agregamos una dimensión adicional: la oralidad y la boca como zona erógena. Sigmund Freud teorizó sobre este tema a principios del siglo pasado. Describió distintas etapas del desarrollo humano: oral, anal, fálica, genital. En los primeros años de vida el niño está atravesado por la etapa oral, nos cuenta Maranges, “chupa los objetos que lo rodean porque empieza a conocer el mundo por la boca. Es el primer orificio que el chico tiene para contactarse con el universo a partir de otro, es decir, la primera conexión fuerte con el otro pasa a través de la oralidad”. La boca es una de las zonas erógenas por excelencia y la que primero empezamos a experimentar. Esto continúa a lo largo de toda nuestra vida cuando besamos o disfrutamos un vino que nos gusta, por ejemplo. La boca es una cavidad que nos brinda placer y en los chicos está a flor de piel por ser el primer contacto con la vida sensorial. Es el primer momento de placer que experimentan los infantes a través de la madre. La golosina también significa amor: “Si te ponés a pensar en el adjetivo con el que asociás a la golosina es dulzura, y acá viene el papel de la madre. La dulzura y la ternura son imputables a la madre. Si pensás en lo dulce, tierno, contenedor, satisfactorio, pensás en una madre. La madre es la primera que te satisface con su pecho”, explica Bosch.

Sobre este aspecto dulce, Andrés Santoro puntualiza: “Los estados de ansiedad tienen muchas veces como primer síntoma la apetencia anormal de dulces o de carbohidratos refinados (facturas, tortas, papas fritas, etcétera) y esto tiene como precedente la leche. La leche es dulce. Y ahí volvemos al tema de la madre. La necesidad de calmar y buscar esa sensación proviene de ahí”.

Las golosinas entran dentro del grupo de bocados que nos dan mucho placer. La alimentación regular que mantenemos en nuestra rutina no tiene que ver con esto, por ello las golosinas o esos “permitidos” o “gustos” que nos damos “no tienen relación con lo convencional, ni lo cotidiano: rompen un poco con esto y nos dan un beneficio distinto”, comenta Maranges. El licenciado Bosch opina que en la espera está el deseo: “Si uno come por necesidad, ahí no hay deseo”, y se anima a contar una intimidad: “Mi abuela cada vez que cobraba la jubilación venía a mi casa con una bolsita de golosinas para mi hermano y para mí. Y para nosotros era esperar todos los meses ese momento, no era algo que pasaba todos los días. Nosotros sabíamos más o menos que eran los primeros días del mes y empezábamos: «Che, y la abuela, ¿cuándo viene?»”. Adicionalmente explica que las golosinas también connotan significados asociados a los recuerdos de la niñez como un paraíso perdido, de la madre con conexiones más complejas y de la felicidad como un momento de máximo placer y disfrute.

Pequeño

Lo que tienen en común todas las golosinas es el hecho que son “algo pequeño”, que entra en cualquier lado: bolsillo, cartera, palma de la mano; que son, por defecto, dulces: estimulan el paladar, agregan azúcar a la sangre y les dan combustible a las células y por esto, en términos biológicos, nos levantan el ánimo en cualquiera de sus formatos. Además son accesibles para toda la sociedad, teniendo en cuenta los precios y el hecho de que hay, en promedio, un kiosco cada dos cuadras. Finalmente, se presentan como un bocado popular que acompaña momentos agradables, cosa que saben muy bien las grandes marcas que promocionan sus productos de este modo: “Fabricamos productos que generan sonrisas” (Fel-Fort); “Alimentando momentos mágicos” (Arcor); “Creamos deliciosos momentos de alegría” (Mondelez, que comercializa productos como Milka.)

En la puerta de un clásico

En la bombonería y confitería Royal, donde los rosarinos compran golosinas a granel, se da una suerte de anonimato porque, como en un supermercado, no está la mirada curiosa del kiosquero, aquí no hay que explicar nada. Los precios son más accesibles, lo que invita a llevarse bolsas más nutridas.

Adriana (45) sale de la bombonería con una bolsa y una barrita de cereal en la otra mano y cuenta que no puede comer harinas, por eso el cereal, y que lo usa para calmar la ansiedad: “Es dulce, es una golosina disfrazada”.

Nadia (26), madre de Eros (2), sale cargadísima de bolsas para el cumpleaños de su único hijo: “Llevo caramelos, gomitas, chupetines, gallinitas, de todo. Esperamos a 50 chicos”. Esta cronista le pregunta por la sorpresita de golosinas que se entrega como souvenir de cumpleaños y Nadia comenta: “Sí, es el candy bar en realidad, no se usa más la sorpresita de la bolsita como cuando éramos chicos. Ahora es todo personalizado, con bolsitas separadas con cada nombre y un dibujito que le hacés del personaje del cumpleaños”. El invitado se lleva un regalo de la fiesta, pueden venir en cajitas o bolsitas con nombres y el diseño de la temática del cumpleaños.

La licenciada Maranges analiza la situación de los cumpleaños infantiles y comenta que “en un cumpleaños lo más importante es estar con el compañerito y disfrutar del juego. Si vos le preguntás al chico qué comió o si había cosas ricas, el nene no comió nada en el momento del cumpleaños, estuvo corriendo y jugando con el resto. Cuando está en su casa, ya más tranquilo, ahí sí disfruta de la golosina. En los chicos el ámbito de la comida no ocupa un lugar primordial, y cuando somos adultos es al revés: la comida es una instancia de reunión, la utilizamos como excusa para el encuentro”.

Dos nenas salen abriendo unos huevitos Kinder y su madre revela que ya no vienen como antes con la sorpresa por partes, sino que traen el muñequito o el objeto armado. Muy parecido al mítico chocolatín Jack Sorpresa, que traía personajes coleccionables de Hijitus, Tiny Toons o héroes de canales para chicos como Cartoon Network.

El chocolate acompañado por el misterio de la sorpresa compone una golosina perfecta.

Emilse (77) abrió el chocolate adentro de la bombonería, ni siquiera esperó para salir. Sale y me muestra que “es chocolate Soufflé aireado. Me los compro en general para después del almuerzo y de la cena, como postre. Así tengo los triglicéridos, pero es un placer personal”.

Elina (38) es diseñadora free lance y aunque dice que no debería comer, que lo hace para bajar ansiedades, la bolsa amarilla que se lleva tiene como seis cajitas de confites Sugus más algunas barras de chocolate. “Mastico los Sugus y se me va un poco la ansiedad, además me hacen compañía”, confiesa, y continúa: “Compro para trabajar porque soy diseñadora y suelo hacer packaging o cosas relacionadas con las marcas de golosinas”. Cuando se le consulta respecto de si lo hacía como una forma de “vivir el producto”, responde entre risas: “No, no, tampoco la pavada. No voy a meter excusas”. Consultada por los chocolates dice que son para ella y su pareja.

—¿Para algún momento especial?

—No, no, él come mirando la televisión y yo sentada jugando en la computadora.

Los clásicos Sugus tienen el formato de confites y producen varias texturas y fases en la boca: crocante al principio, chiclosa después y suave al final, despidiendo mucho sabor todo el tiempo. Los dulces fungen como estimulantes para pasar varias horas haciendo una misma actividad. Es recurrente su consumo durante el trabajo o el estudio.

“Compré para mi noche de estudio —cuenta Joaquín (24)—, el chocolate me activa. Viene mi novia y comemos juntos. Prefiero el chocolate con licor, el Tofi, las botellitas, soy de abrir y terminarlos, nada de comer en cuotas. Normalmente nos comemos todo”.

También reconoce que el chocolate es un paliativo contra la ansiedad: “Me agarra un ataque y voy, me como uno y me relajo un poco”.

Otro testimonio de golosina como ansiolítico es el de Marianela (23), que sale con una bolsa de Butter Toffies y turrones y cuenta: “Cuando estoy estudiando me pongo muy ansiosa y como maní con chocolate, gomitas, caramelos, lo que sea. O si estoy en la calle, al paso, voy caminando siempre apurada y comiendo. Los turrones los compré para no comer cosas pesadas”.

Es muy común que los entrevistados, de diferentes edades, consignen que las golosinas los calman.

Enlace original: http://www.lacapital.com.ar/ed_mas/2016/3/edicion_52/contenidos/noticia_5033.html

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