Antígona, atrapada entre la ley y el deseo

Osvaldo Quiroga desarrolla en esta reflexión la riqueza interpretativa de la obra de Sófocles. La ética del acto en la tensión entre la ley y el deseo. La dimensión política de la obra.

 

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Escrito por Osvaldo Quiroga

Si hay un texto que se vincula con la ley y nos permite reflexionar sobre ella desde distintos punto de vista, ese es, sin duda, Antígona, de Sófocles. Hay otras Antígonas, es cierto, como la de Jean Anouilh o la misma Antígona Vélez, de Marechal, pero ninguna posee la potencia dramática que supo insuflarle el trágico griego. Será, quizá, porque la Antígona griega deriva directamente del mito fundante de una familia que posee un historial de desgracia, como la de Edipo, o porque su estructura dramática es tan perfecta que le ha permitido atravesar varios siglos a partir de su nacimiento.

Recordemos la trama. Antígona es hija de Edipo, rey de Tebas, concebida por la madre de éste, Yocasta. Por la noche Antígona dio sepultura a su hermano Polinices contra las terminantes órdenes de Creonte, quien al enterarse del hecho dispuso que fuera enterrada viva. Pero Antígona se suicidó antes de que la sentencia fuera ejecutada; y Hemón, hijo del rey, que estaba apasionadamente enamorado de ella y que no había logrado obtener su perdón, también se dio muerte junto a la tumba de Antígona. Como toda gran obra de arte, la tragedia de Sófocles vive en las interpretaciones que se han hecho de ella. Antígona ha sido leída por grandes pensadores de maneras diversas y algunas veces contrapuestas. Ni Hegel, ni Kierkegaard, ni Heidegger la leen de la misma manera. Para algunos Antígona responde al derecho divino de sepultar a los muertos. Para otros Antígona viola la ley de la polis, ya que su hermano combatió contra la ciudad que gobierna Creonte, hechos reflejados en Los siete príncipes contra Tebas, otra de las tragedias griegas.

Ahora bien, no hay duda de que Antígona es arrastrada por una pasión. Y que esa pasión se enfrenta directamente con la ley. Es el lenguaje de la razón práctica. Su interdicción de la sepultura rehusada a Polinice, traidor, enemigo de la patria, se funda en el hecho de que no se puede honrar de igual manera a quienes defendieron a la patria y a quienes la atacaron. Lo que ocurre es que los actos de Antígona están dominados por una palabra griega que simboliza la medida de su drama: Atê, que significa extravío, calamidad, fatalidad. Esta palabra es irreemplazable. Designa el límite que la vida humana no podría atravesar mucho tiempo. Cuando Antígona cubre con una capa fina de polvo el cuerpo insepulto de su hermano sabe a qué atenerse. Pero ella no puede permitir que se despliegue ante el mundo esa podredumbre, a la que perros y pájaros vienen a arrancarle trozos a su hermano para llevarlos, dice el texto, a los altares, al centro de las ciudades, donde diseminarán a la vez el horror y la epidemia. Lacan, en el seminario La ética del psicoanálisis, la llama la chiquilla, una muchacha de apenas dieciséis años que se enfrenta a un adulto que detenta todo el poder. Pero de alguna manera, consciente o inconsciente, Antígona hace honor a su historial de desgracia. Lacan lo ve con claridad cuando afirma: “Antígona elige ser pura y simplemente la guardiana del ser del criminal como tal. Sin duda, las cosas hubieran podido tener un término si el cuerpo social hubiese querido perdonar, olvidar y cubrir todo esto con los mismos honores fúnebres. En la medida en que la comunidad se rehúsa a ello, Antígona debe sacrificarse para el mantenimiento de ese ser esencial que es la Atê familiar, motivo, eje verdadero alrededor del cual gira toda esta tragedia. Antígona perpetúa, eterniza, inmortaliza ese exceso”.

Hegel también se ocupa de Antígona. En 1802, cuando está escribiendo sobre el derecho natural, se encuentra profundamente interesado por esos temas específicos de conflictos entre el Estado la nación y la familia. Y también entre los derechos de los vivos y de los muertos, entre decisión legislativa y ética consuetudinaria, temas que serán fundamentales en la Fenomenología. Y es en la Antígona de Sófocles donde estos conflictos están primordialmente expuestos.

Georges Steiner, el autor de Presencias reales, escribió un gran libro sobre el tema. Lleva por título Antígonas, en plural, dado que las distintas recepciones que se hicieron del texto de Sófocles a lo largo de la historia han sido muy diferentes. Allí sostiene: “La inocencia es irreconciliable con la acción humana; pero sólo en la acción hay identidad moral. Antígona es culpable. El edicto de Creonte es un castigo político; para Antígona es un crimen ontológico. La culpabilidad de Polinices frente a Tebas carece por completo de relevancia para su sentido existencial del ser singular, irreemplazable del hermano”.

El conflicto trágico no es un conflicto entre el deber y la pasión o entre dos deberes. Es el conflicto entre dos planos de existencia, uno de los cuales es considerado sin valor por el que obra, pero no por los demás. Obras que vinculan la literatura con la ley abundan, pero no es sencillo encontrar un drama como Antígona. La obra tiene una vibración especial, un desafío para grandes actrices. Aún hoy sigue siendo un texto provocador. Recordemos un dato que nada tiene de menor: en plena dictadura de Pinochet, en Chile, Antígona fue prohibida. Los censores del poder advirtieron que una jovencita no podía desafiar el poder de un soberano, o de un dictador. Esos son los maravillosos efectos que produce el teatro. Y lo ve con claridad Shakespeare cuando escribe aquella escena tan famosa en la que Claudio, al ver el crimen que ha cometido representado en escena, se levanta de su trono y se va, presto, a sus aposentos privados. En las dictaduras, imaginar el cuerpo frágil de esta jovencita enfrentándose al poder puede resultar insoportable para quienes lo detentan. Allí está también el más profundo carácter transgresor y revolucionario de la única, la siempre conmovedora Antígona.

Publicación original en: El Refugio de La Cultura

Ilustración: Antigone donnant la sépulture à Polynice –Huile sur toile de Sébastien Norblin – 1825
Paris, Ecole Nationale Supérieure des Beaux-Arts

 

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